—¿Hmm?… Aah, tú, ¿eh? Llegas tarde.

Son las tres de la mañana, cuando los árboles y la hierba duermen.

En una habitación con apenas luz a pesar de ser de noche, el hombre se gira tranquilamente y abre la boca.

—S-sí. Lo siento —la que se estremece ante aquella voz baja y responde en un susurro es una chica. Hace unos instantes que entró temerosa a esta habitación, y sigue mirándose los pies con una expresión tensa.

Levantándose sin parecer importarle el estado de la chica, el hombre alto se mete la mano en el bolsillo del traje y comienza a caminar con estrépito. A continuación, se acerca a ella y le da el fardo de documentos que lleva en la mano derecha.

—Estos son los resultados más recientes de la investigación del sujeto. Vas a machacar cada frase en tu cabeza aquí mismo y luego lo pondrás todo en la trituradora. No me importa si tienes que engullirlo todo cual ratón de biblioteca.

—… Sí. Creo que puedo memorizar todo esto si lo repaso.

—Bueno, eso es genial. Sigue trabajando bien y termina el encargo lo antes posible.

Tanto si no ha escuchado las palabras del hombre como si las ha oído y las ha ignorado, la chica deja caer la mirada hacia los materiales que le entregaron, sin responder. El nombre del objetivo es «Shinohara Hiroto». Ahora es un supernovato para nada ajeno en la isla escolar, pero…

—Hmm… ¿Cree que es posible, en realidad? Tiene una calificación de siete estrellas. Es imposible intervenir en el Sistema de Caza de Estrellas, eso es seguro, pero eso no es razón para creer todo lo que este muestra.

—Estás en lo cierto… Debe haber algo.

—No es que deba haber algo, es que lo hay. Si no, la lógica no tiene sentido.

Después del intercambio, el hombre se vuelve sobre los talones. El «tic, tac» de los pasos siempre avanza a un ritmo constante. Se acerca a la ventana y empuja las persianas con dos dedos en un gesto dramático, y sonríe al contemplar la vista nocturna. —No sé si es el milagro de las siete estrellas o el mejor estudiante transferido… Por desgracia, en esta isla no existen los «milagros». No, no se permiten. Te recuerdo, ¿qué clase de retribución recibió ese imbécil que se acercó demasiado al sol? —el hombre lanza una intrépida declaración hacia el negro cielo nocturno.

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