“¡Que debería de hacer en esta situación…!”

Zagan estaba en un predicamento. Se encontraba dentro de su castillo, el piso era de roble viejo y las paredes construidas por bloques de piedras cubiertas de moho. El alfombrado y las decoraciones de las paredes te distraen de eso, pero él, esencialmente, lo había dejado completamente sin mantenimiento.

Probablemente han pasado al menos 200 años desde que se construyó, era un castillo abandonado cubierto de un aura de melancolía.

Parándose completamente quieta en frente de Zagan, el cual se reclinaba en el trono del castillo con sus piernas cruzadas, estaba una sola mujer.

La primera cosa que llamaba la atención era su cabello blanco como la nieve que llegaba hasta su cintura, y luego el listón carmesí que decoraba su pelo. Los ojos en su delicada cara eran un azul oscuro tan profundo como el cielo de verano, y sus labios eran de un modesto color durazno suave.

Cubriendo sus delicados miembros estaba un vestido blanco puro, y el frente abierto daba un vistazo a los dos largos bultos que parecían extraños con su ligera figura.

Sin embargo, sus ojos estaban terriblemente vacíos, sus orejas ahusadas a un punto fijo. Ella era un miembro de la raza que en la antigüedad había sido llamada “las Hadas de Norden”─ Elfos. Aquellos que tenían el pelo blanco en particular eran raros, y se presumía que eran particularmente fuertes.

Ellos estaban más cerca de dios que los humanos, pero esa misma santidad significaba que eran perseguidos por los humanos la mayoría del tiempo. Un simple filamento de su cabello, una simple gota de su sangre, incluso su vida en sí, contenía un insondable poder como reactivos mágicos. Alrededor del cuello de esa efímera y misteriosa chica, había un grueso collar con una cadena unida.

Un collar de esclavo.

Y, era la existencia de esta chica la que causaba la angustia de Zagan.

“¡Como debería de hablar con la chica que me gusta…!”

Hace varias horas, él se enamoró a primera vista de la chica, y se alegraba de haber comprado su cuerpo, pero antes él había tenido muy pocas oportunidades para hablar con una chica de su edad. No tenía ni la más mínima idea de cómo llamar su atención.

La chica en cuestión fue comprada como esclava, ¿estaba ella nerviosa? Su expresión era tensa, y no era exageración decir que era inexpresiva. Él no podía quedarse callado, tenía que decir algo.

Unas palabras llegaron a su mente.

“El clima esta agradable ¿no?”

“… No, eso no, eso no.”

El cuarto no tenía ventanas, y si volteabas hacia arriba, verías cadenas oxidadas colgando de las herramientas de tortura. Además, afuera estaba nublado si no mal recordaba.

Sin importar cómo lo mirase, eso no era, pero entonces, ¿qué debería de decir?

“¿Qué piensas de este castillo?”

“Cálmate. Este es un castillo abandonado, con cadáveres y herramientas mágicas dispersas en los alrededores, ¿no?”

No podía pensar en otra respuesta más que “un lugar de ejecución” o “el infierno”. Dicho esto, él se arrepentía de no haber limpiado un poco antes de traerla aquí.

Aproximadamente ha pasado una hora de esta forma. El primero en decir algo no fue Zagan.

—Maestro. ¿Puedo… preguntar algo?

Una agradable voz como campana sonó suavemente.

—… ¿Qué?

Zagan tiro su cabeza en sus manos por su cortante respuesta.

“Suena como si estuviera enojado con ella, ¿¡cierto!?”

Aunque la chica había hablado con él. Mientras que Zagan colapsaba en su desesperación, la chica hablo sin emociones y dijo esto:

—Cómo… me vas a matar?

Zagan se quedó boquiabierto por el shock.

—¡Espera un minuto! ¿¡Por qué te mataría!?

—¿Eh… no… lo harás?

Dicho eso, los ojos de la chica voltearon a las cosas colgando de las paredes y del techo.

Sierras ensangrentadas, ataúdes alineados con largas agujas, varias tijeras de diferentes tamaños, y otros instrumentos que se miraban malévolos, se amueblaban como decoraciones. Eran implementos de tortura, restos dejados por el anterior dueño del castillo.

“Y antes, en la entrada, aún estaban los cadáveres de los intrusos de la mañana. Probablemente eso daba miedo…”

Pensando en eso, él tenía la impresión que el cuerpo de ella se había tensado cuando vio los cadáveres ─ cadáveres que tenían sus cabezas explotadas. Si hubiera un mago que trajera a una chica a un lugar desagradable como este y dijera “yo soy un caballero, no tienes nada de qué asustarte”, Zagan le daría una paliza.

Por su espalda goteaba un sudor frio. Zagan no podía poner excusas a la chica cuyos ojos parecían haber perdido toda esperanza.

Todo esto había iniciado esa mañana.