Goblin Slayer y la Elfa Mayor estaban bajando a través del árbol zelkova más o menos al mismo tiempo que sus amigos estaban saliendo desde las raíces de éste.

Se unieron frente a la fortificación élfica, pero instintivamente se detuvieron ante el ruido de los árboles siendo destruidos a lo lejos.

—¡¿Qué diablos está pasando?! —El Chamán Enano gruñó.

—Un monstruo llamado como-se-llame, está armando un alboroto, —contestó Goblin Slayer, una explicación que apenas y explicaba nada. Luego miró a su alrededor. —¿Qué hay de las otras dos?

—Oh, sí. Pensé en pedirles que volvieran a la habitación y esperaran allí.

La respuesta vino de la Sacerdotisa, cuyo cabello y piel aún estaban húmedos. Debe haber venido de la zona de baño con mucha prisa. Sus mejillas estaban sonrojadas y tenía una mano en su pecho para calmar su respiración y pulso.

—Probablemente sea seguro allí, —ella agregó.

—Entonces parece que nos cruzamos.

Bueno, está bien.

Goblin Slayer llegó a su conclusión rápidamente.

Difícilmente podría haber un lugar más seguro que el interior de una fortaleza élfica… aunque no se pueda decir que ningún otro lugar sea completamente seguro. El hecho de que él no pudiera verlas sería una dificultad, pero había muchas dificultades en este momento. No serviría de nada preocuparse por una más.

—¡¡¡¡¡MBEEEEEEEEEEEEEEEE!!!!!

Los continuos gritos de la bestia ahogaban los gritos de los elfos, incluso cuando los guerreros élficos (cazadores), saltaban de hoja en hoja, con carcajes de flechas en sus espaldas.

—Parece que van a luchar, —dijo el sacerdote lagarto, acariciando su mandíbula; él era el único que parecía interesado por toda la situación. —No preguntaré si los elfos tienen destreza en la batalla. Como mínimo, dudo que carezcan de experiencia.

La Guerra ha sido el modo de actuar desde la Era de los Dioses. Por mucho que los elfos hubieran deseado un lugar pacífico y seguro para vivir, seguramente no podrían haber evitado el combate. Tenía que haber muy pocos elfos que nunca se hubieran enfrentado a las fuerzas del Caos, con sus arcos en mano.

—Ese es «Aquel que detiene las Aguas», —dijo la Elfa mayor. —Si lo matamos y se crea una represa en el río, habrá verdaderos problemas”.

Ella sabía la respuesta. Incluso mientras tomaba su arco, acomodando casualmente una flecha en él, parecía tener dificultades para moverse. Sus orejas temblaron una vez, y luego otra, absorbiendo los sonidos que la rodeaban.

—La Hidra de Lerna…. Así es como ustedes los humanos la llaman.

—¿…? —La Sacerdotisa la miró con sorpresa. —Yo pensé que se suponía que las hidras tenían muchas cabezas.

—Esta todavía es joven.

Aunque ha existido desde que yo era una niña, —murmuró pesadamente la Elfa mayor.

—En cualquier caso, es una criatura que demanda respeto. Es más de lo que podemos manejar.

No tengo ni idea de si podemos ganar. Sus palabras hicieron que la Sacerdotisa asintiera seriamente.

—Así que estás diciendo que tenemos que evitar que se acerque de alguna manera, y hacer que regrese al bosque.

Eso sería más que difícil, pero aun así….

La Sacerdotisa, sin embargo, agarró con fuerza en ambas manos su bastón de monje, y dijo con una mirada de determinación: —¡Haremos lo mejor que podamos!

Alguien se rio… una risa despreocupada y relajada, como si de repente se dieran cuenta de que se estaban divirtiendo. El Sacerdote lagarto vio a la criatura a lo lejos y dijo jovialmente, —Nunca pensé que sería bendecido con la oportunidad de darme un festín con un antepasado de los grandes nagas. ¡Más que excelente!

—…No te lo comas, ¿de acuerdo? —La Elfa mayor lo miró como si no estuviera segura de sí él estaba hablando en sentido figurado; el Sacerdote Lagarto abrió sus mandíbulas con la mayor seriedad. —¡Señorita ranger, subamos al cuello de ese monstruo y enterrémosle una flecha en los ojos!

—¡Te dije no podemos matarlo!

—¿No puedes dispararle en el pie o darle a un tendón?

—…A veces los seres vivos mueren solo por el shock de ser disparados, ¿verdad?

—Es una hidra, no una pulga.

—Pero, —dijo Goblin Slayer en voz baja, alejando la mirada del monstruo invasor, —en cualquier caso, tendríamos que acercarnos lo suficiente para disparar una flecha.

La criatura ya era visible más allá de los árboles caídos.

El gran monstruo de color ceniza caminaba sobre sus patas como de troncos, su cola y cuello gigantescos barrían con los árboles a su paso.

Parecía un dragón, pero no lo era. Parecía un lagarto, ¡pero no lo era!

El Sacerdote lagarto no pudo evitar dar un grito de admiración al ver ante sus propios ojos a la mitad bestia, mitad criatura divina, que se dice que acompaña a los arcoíris en su travesía.

—¡Oh! ¿Así se veían los Braquiosaurios o Brontosaurios, o incluso los Alamosaurios? —Dio un gran aullido bestial mientras ofrecía rezos con emoción a sus antepasados. —¡Nunca imaginé que vería algo así en este lugar…!

—Miren. Ahí, sobre su espalda, —dijo en voz baja Goblin Slayer, mientras hacían lo que él decía.

—¡Hrm…! —Era imposible decir de quién en el grupo provenía el gruñido.

La espalda de Mokele Mubenbe debe haber estado al menos a 15 metros de altura. Cada vez que la criatura se movía, las protuberancias en forma de abanico en su espalda hacían un sonido crepitante.

Pero eso no era todo.

Entre las espinas de su espalda había sombras retorcidas.

Las sombras se aferraban a algo, moviendo los brazos con locura y mascullaban cortadamente.

—¿Es esa una… silla de montar?

La Elfa Mayor parpadeó, asombrada por algo que no podía ser.

—¡¿Goblins?!

Y así era.

Goblins, aferrados a la espalda de Mokele Mubenbe, sucios escupitajos salían disparados de sus bocas mientras estos aullaban.

La Elfa Mayor los recordaba.

Eran las terribles criaturas que los habían atacado primero en la granja, y luego ayer en el río.

—Jinetes goblins… —La voz de la Sacerdotisa temblaba al primer vistazo de algo increíble.

Tenía sentido ver a los goblins en los lomos de lobos grises. Incluso sobre los caballos o los burros no habrían sido tan aterradores.

Pero… pero… oh, sí.

—¿Son esos goblins…dragoons[1]…?

—No parece que ellos tengan las riendas, —dijo sosamente Goblin Slayer, simplemente reportando los hechos.

—Ciertamente, —dijo asintiendo el Sacerdote lagarto. —Aun así, incluso alguien que no sabe montar puede espolear a un caballo… Supongo que eso es lo que tenemos aquí.

—¿Qué piensas al respecto?

—Los jinetes no me asustan en lo más mínimo. Sin embargo… —el Sacerdote lagarto puso una mano sobre su mandíbula y movió sus ojos, mirando pensativamente al monstruo saurio. —Dicen que, si quieres detener al general, primero debes matar a su caballo. Así que supongo que, si desea detener a un caballo, primero debe matar al general.

—Estoy preparado para eso. —Goblin Slayer miró brevemente hacia el balcón de la habitación que se le había asignado como alojamiento. —En cualquier caso, mataré a los goblins. No hay razón para dejarlos vivir.

—¡Deja que yo me encargue! —Dijo la Elfa Mayor, levantando rápidamente su mano. Su voz era optimista, pero estaba mirando fijamente a Mokele Mubenbe y a los goblins en su espalda. —Francamente, estoy empezando a cansarme un poco de los goblins. Ayer, hoy…. ¡Y en mi hogar, nada menos!

Goblin Slayer asintió. Luego le dio una palmadita en el hombro a la Elfa Mayor. Sus orejas temblaron.

—Retendremos a esta bestia, como quiera que se llame, aquí. Ustedes dos, ayúdenme.

—Claro que sí, —dijo el Chamán Enano.

—Por supuesto, —añadió el Sacerdote lagarto.

La Elfa Mayor aún estaba congelada por haber sido tocada en el hombro.

¿Podría el juicio de Goblin Slayer en un momento como éste ser…? No.

Cada vez que ella lo había visto dejar que alguien hiciera algo durante el último año, siempre se había basado en una firme comprensión de la situación. Había una razón por la que le habían confiado a este extraño y bizarro aventurero el liderazgo de su pequeña banda.

—Hum, ¿qué hay de mí…? —preguntó dudosamente la Sacerdotisa.

Las instrucciones de Goblin Slayer llegaron sin duda alguna. —Prepárate para administrar primeros auxilios. Si matarlo es malo, supongo que tampoco debería estar herido.

Y así se estableció el plan.

La Elfa Mayor cogió su arco y empezó a buscar una oportunidad para lanzar un ataque sorpresa, mientras el Chamán Enano metió la mano en su bolsa con catalizadores. El Sacerdote lagarto agarró algunos colmillos y comenzó a rezar, mientras que la Sacerdotisa se aferró a su bastón y suplicó a la Madre Tierra.

Goblin Slayer estaba alistando sus propios preparativos cuando…

—¡Oigan, todos ustedes! ¿Qué están haciendo?

Una voz marcada vino volando en su dirección. El elfo con el casco resplandeciente, que había estado haciendo una patrulla sobre la aldea, se acercó a ellos cubierto de sudor, pareciendo ansioso y sobresaltado. Presumiblemente, había estado evacuando a las mujeres y los niños que habían estado afuera.

—Oh, hola, hermano. Mira, no te preocupes. —La Elfa Mayor sonrió, serenamente. —Estamos acostumbrados a este tipo de cosas.

—¡Pero…!

—Este… —dijo Goblin Slayer, interrumpiéndolo, —es mi trabajo.

Con esta última y silenciosa declaración, Goblin Slayer desenvainó su espada, girándola con su muñeca.

Eran goblins a los que se enfrentaban.

Goblins.

La respuesta era obvia.

—Matar goblins es mi trabajo.

§

Los árboles caían. Aullidos resonaban.

La bestia apareció, con sus colmillos yendo a todas partes, tratando de matar todo lo que veía; no prestó atención alguna a los goblins que tenía a sus espaldas.

Si el objetivo de los diablillos era espolear a este monstruo y volverlo loco, habían cumplido su misión.

Los goblins aún pensaban en el monstruo como su montura, continuaban sosteniendo las riendas y lanzando abusos hacia él. No es que el parloteo de algunos goblins cambiara nada.

Mokele Mubenbe no era esa clase de criatura.

—¡GOO! ¡¡¡GRRB!!!

—¡¡MBEEEEMMMBE!!

Sin embargo, seguía siendo una criatura que amenazaba el hogar de los elfos.

El gigante llegó disparado a través del bosque, cada vez más cerca de la aldea.

¡Si cabalgan en esa cosa hasta el centro de la aldea…!

Pero los elfos que corrían entre los árboles, tratando de vigilar la situación, no podían hacer nada al respecto. Llamaron a los espíritus de la tierra y los árboles para que los ayudaran, levantando barreras en su camino. Mokele Mubenbe las atravesó fácilmente, pero era mucho mejor que no hacer nada.

Casi ninguno de los elfos soltó una flecha contra el dios-bestia.

O, se suponía que no debían…

—¡Hnn… yah…!

La Elfa Mayor, moviéndose como una ráfaga de viento, era una de las pocas excepciones.

Ella corrió a lo largo de una rama, se balanceó sobre una enredadera, lanzándose hacia el espacio, y luego, con un elegante movimiento, disparó al aire un proyectil con punta en forma de brote.

Este cortó el aire, pero luego rebotó en una de las aletas traseras de Mokele Mubenbe con un golpe sordo.

—…Grr.

Su enemigo se movía más rápido de lo que ella esperaba.

Aquellos elfos que eran sus mayores levantaron un coro de indignación hacia su impetuosa hermana menor, pero la Elfa Mayor no se distrajo por sus errores. Ella lamió sus labios brevemente y luego saltó del suelo, luego a la corteza de un árbol, y en un parpadeo, estaba ganando velocidad nuevamente.

Ella alcanzó al monstruo gris sin ningún esfuerzo, y desde donde saltó hacia las ramas, agarrándose al musgo de la corteza.

—Sé que no es muy educado, pero… ¡Yah!

Usando una mano y un pie, saltó hacia adelante, manteniendo su postura, mientras que con la otra mano agarró su arco y puso una flecha en su boca. Tenso de la cuerda con los dientes y la soltó… dejándola ir.

—¡¿GOORB?!

Hubo un alarido.

La flecha con punta de brote había pasado limpiamente las placas de la espalda de Mokele Mubenbe y perforado el ojo de uno de los jinetes goblins. La criatura, con el proyectil alojado en su ojo derecho, se retorció y gritó hasta que se cayó de la espalda del monstruo y fue aplastado. Todo lo que se podía ver debajo del pie de Mokele Mubenbe eran cuatro extremidades.

—¡Se fue por ahí!

—¡Hmm!

Fue el Sacerdote lagarto quien respondió al casi grito de pánico de la Elfa Mayor. Él plantó ambos pies en la tierra, extendió sus brazos y bloqueó el camino de Mokele Mubenbe.

Una bestia furiosa se dirigía directamente hacia él atravesando el bosque, incluso así ni una sola de sus escamas se estremecía; ni un solo músculo de su cola temblaba.

—Este es un oponente digno y glorioso. ¿Deberíamos tener un combate aquí y ahora?

Las grandes mandíbulas del hombre lagarto se abrieron con una sonrisa soltando una risotada salvaje.

¡Qué honor obtendría si se llevara la victoria! Y si muriera aquí en batalla, al menos ganaría tiempo para sus amigos. No le importaba mucho en qué dirección cayeran los dados. Había reafirmado su determinación y ahora seguiría adelante.

Pocos hombres lagartos fueron bendecidos con la oportunidad de enfrentarse a un antepasado de los grandes nagas en nombre de sus amigos.

¡Maravilloso!

El Sacerdote lagarto respiró hondo, llenando sus pulmones con el húmedo aire del bosque, mientras pensaba claramente en la muerte. Como todo hombre lagarto, consideraba que la muerte en batalla era el más alto honor, pues como todos ellos, esperaba llegar a ser un alma que pudiera proceder audazmente a la tierra de los naga en el centro del siempre cambiante circulo de la vida.

—¡¡¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiyyyahhhhhhhhhhhhhhh!!!

Tomando prestada la fuerza de sus antepasados, el «Rugido del Dragón» del propio Sacerdote lagarto salió expedido de su boca como un aliento de fuego. El aire caliente que expulsó de sus pulmones hizo que todo el lugar se sacudiera y temblara mientras volaba hacia el mundo.

—¡¡MOOOOOOOBMMBE!! —Mokele Mubenbe rugió en respuesta. Pisoteó el suelo con sus patas traseras como si desafiara al hombre lagarto que estaba ante él, sosteniendo sus patas delanteras en alto.

Era imposible decir si una criatura tan vasta y grande estaba realmente intimidada por el Sacerdote lagarto. Pero, cualquier sea el caso, el aventurero había logrado despertar la ira del monstruo ante un retador impertinente.

Las patas delanteras cayeron sobre el Sacerdote lagarto como un par de martillos gemelos….

Beban profundo, canten fuerte, ¡dejen que los espíritus los guíen! Canten fuerte, den un paso rápido, y cuando se vayan a dormir los verán, ¡Puede que en sus sueños haya una jarra de vino de fuego para saludarlos!

El monstruo se tambaleó y tropezó. Sus pies se estrellaron contra la tierra, arrojando barro, muy lejos del Sacerdote lagarto.

—¡Hmm! Bueno. Santo cielo.

—¡Llámalo un empate y sigamos adelante, Escamoso!

Era el hechizo «Estupor». El Chamán Enano, que había aparecido al lado del Sacerdote lagarto sin que este se diera cuenta, tenía en una mano la jarra de vino que le permitía usar esa magia.

Ellos podrían estar en una aldea élfica, en medio del bosque de los elfos, pero los espíritus de la tierra todavía tenían una profunda afinidad por los enanos. Y por los dioses.

—MOKEEEEEKEKELE…

Mokele Mubenbe, que no había absorbido poca cantidad del hechizo, agitó la cabeza con incertidumbre.

—¡Bien, todo listo, Corta-barbas!

—Bien.

Ahora Goblin Slayer, que había estado esperando junto a la raíz del árbol gigante detrás de ellos, se lanzó a la acción. Rápidamente sacó un objeto parecido a un huevo de su bolsa, lanzándolo con un simple y consistente movimiento.

—¡¿¡¿¡¿MOLLLLKEEEEEEL?!?!??!

El objeto golpeó al monstruo en la cara, despertándolo, pero también provocando que gritara y se retorciera con dolor.

El huevo estaba lleno de un polvo cegador compuesto de pimientos e insectos triturados. No era ni remotamente agradable ser golpeado con él.

Ahora incapaz de ver, y sin poder pensar con claridad, Mokele Mubenbe comenzó a agitarse salvajemente. Su cuello, sus cuernos, su cola, las placas en su espalda, estaban en todas partes a la vez, como un tifón. Si uno se acercara descuidadamente, pronto se vería obligado a retroceder.

—Entonces, ¿qué hacemos? —La Sacerdotisa preguntó desde su costado, su expresión era tensa. Ella debería estar nerviosa. Goblin Slayer, sin embargo, no parecía preocupado por su mirada implorante.

—Le hemos robado su capacidad de pensar, —contestó con calma. —Ahora, lo terminaremos.

Levantó una mano sobre su cabeza.

—Suéltenlo.

—Hmm, ¿estás seguro? ¿Está bien?

Sobre ellos, la Granjera miraba por encima del borde del balcón que sobresalía del gran árbol, claramente indecisa.

—No me importa.

Bien. Ella asintió, sin parecer totalmente convencida, y luego agarró la cosa que estaba en el suelo.

Era bastante voluminosa y pesada; incluso con los músculos que había desarrollado trabajando en la granja, le costó algo de esfuerzo.

Ella miró a la Recepcionista frente a ella, agradecida de que fueran dos haciendo esto.

—De acuerdo, tomaré este lado…

—Muy bien, yo me encargo de este. Sólo da la orden y lo levantaremos.

—Mmm. Bien…. ¡¡Ahora!!

Las dos chicas levantaron la cosa del suelo, y arrojándola lejos; casi podría haber sido descrita como un montón de cuerdas.

Específicamente, era el manojo de correas de cuero en las que Goblin Slayer había estado trabajando hasta hace unos pocos momentos antes.

Golpeó el suelo con un gran impacto, retorciéndose como si fuera un ser vivo.

—¡Eek! —La Sacerdotisa no pudo evitar saltar hacia atrás, pero Goblin Slayer simplemente agarró el extremo de una de las correas.

—Ustedes dos, quédense ahí arriba.

Una voz le contesto desde arriba, —¿Están todos bien? —Pero él agitó la mano como si les dijera que se quedaran atrás para después afianzar la red en la espalda. El Sacerdote lagarto tomó uno de los extremos colgantes con considerable interés.

—¿Y qué lo que haremos con esto?

—Lo lanzaremos, —dijo Goblin Slayer. —Y las enredaremos en las piernas de la criatura.

—¿Enredar? ¿Crees que eso será suficiente?

—Si no lo es, pensaré en otra cosa.

—Eres muy lógico.

Los dos guerreros corrieron ágilmente, manteniendo la distancia perfectamente.

—Oh-ho, —dijo el Chamán Enano, dando un paso hacia atrás; desde su elevada posición, la Elfa Mayor dejó salir un impresionado —¡Huh!

Un paso, dos, tres pasos.

Mientras terminaban de acercarse, Goblin Slayer tiró la red despreocupadamente.

Por supuesto, Mokele Mubenbe no se dejó engañar tan fácilmente. La cuasi divina bestia pisó la red con su pie gigante. La onda de choque hizo que las correas vacilaran.

La red rebotante atrapó el pie del monstruo. Los extremos y bordes quedaron atrapados en los árboles y se enredaron aún más.

—¡Ho! —Observando la situación, el Sacerdote lagarto se acarició la mandíbula apreciativamente. —Un buen plan ciertamente.

—Todavía no lo sabemos.

—Pero incluso si no hacemos nada más, la red debería seguir enredándose más y más.

Con su limitada visión, el monstruo luchó con fuerza, aullando y sacudiendo el suelo. Pero cada vez que lo hacía, la red quedaba cada vez más y más atrapada entre ramas y arbustos.

Cuanto más intentaba escapar, más las pesadas piedras atadas a la red ralentizaban sus movimientos….

—¡¿¡¿MBEMBEMBEMBEMBE?!?!

Finalmente, la criatura alcanzó su punto de quiebre.

El enorme cuerpo de Mokele Mubenbe, con las cuatro extremidades ahora sujetas, comenzó a inclinarse hacia un lado.

Y una vez que el movimiento comenzó, no había forma de detenerlo.

El monstruo no pudo hacer otra cosa que más que caer.

Mokele Mubenbe se derrumbó sobre el suelo con un estremecedor golpe.

—… ¿T-Tú lo derribaste…? —Preguntó la Sacerdotisa, aturdida.

—En el sentido más literal, sí.

Una nube de polvo llenó el aire, y el lamentable llanto del monstruo podía ser escuchado.

Goblin Slayer agitó la cabeza hacia la joven sacerdotisa, y ella asintió con un ligero movimiento de cabeza. Entonces agarró su bastón de monje, cerró los ojos, susurró rápidamente el nombre de la Madre Tierra, y comenzó a rezar… por todos los goblins muertos.

—… ¿Estás satisfecha?

—Sí. —Ella asintió. —¡Me encargaré de los primeros auxilios!

—Está bien.

—Creo que iré contigo, —dijo el Chamán Enano, golpeando su barriga y causando una onda entre los espíritus de su jarra. —Si esa cosa parece que va a causar algún problema, puedo volver a lanzarle Estupor.

—¡Siento molestarte, pero te lo agradecería!

La Sacerdotisa se fue caminando con pasos ligeros, seguida de los distintivos y más pesados pasos del Chamán Enano.

Mokele Mubenbe gimió penosamente, proyectando un aire de ansiedad, pero luego llegó el conjuro sanador de la Sacerdotisa: —Oh, Madre Tierra, que rebosas de piedad, pon tu venerada mano sobre las heridas de este niño, —y las heridas de la criatura fueron sanadas.

La voluntad divina estaba presente. Esta criatura, más dios que bestia, debería entender eso. Así, Mokele Mubenbe se quedó cada vez más quieto. Goblin Slayer por lo tanto ignoró a la criatura y se movió bruscamente a su siguiente objetivo.

Eran los cadáveres de los goblins que habían sido aplastados bajo el monstruo, no es que nadie sintiera pena por ellos.

—…Hmm.

Los cuerpos se habían convertido en charcos de sangre, viseras y huesos, con pedazos de armaduras de cuero mezclados. Aunque sus antiguas armas estaban ahora demasiado rotas para que él estuviera seguro, parecía que habían estado llevando dagas. Como mínimo, los armamentos no eran de piedra. Eran de metal…. cuchillas de acero. Estaba seguro de que alguien debía estar produciéndolas.

—… ¿Dónde aprendiste a tender una trampa como esa?

La voz llego hacia el de repente.

—Es un método antiguo para atrapar presas grandes, —contestó Goblin Slayer.

El elfo con el casco resplandeciente estaba allí, llegando tan repentina y silenciosamente como el viento. Tenía uno de esos enormes arcos élficos colgado de su espalda, y a la cadera un manojo de cuerdas que parecían estar hechas de enredaderas.

—Enredas sus pies y dejas que la presa haga el resto. Y pensar que tenías una cosa así preparada de antemano.

—Ya había oído hablar de este “elefante” de antemano, después de todo.

—… ¿Disculpa?

El elfo se inclinó junto al Goblin Slayer, pero Goblin Slayer apenas y lo miró. —¿Hay alguna otra aldea en lo profundo del bosque? ¿Incluyendo cualquier otra que no sea de los elfos?

—No, no hay otras aldeas. Incluso los curanderos que vienen de la ciudad se detienen en los límites del bosque. No es que haya habido muchos de ellos recientemente… —El elfo puso una mano pensativa sobre su barbilla. —De vez en cuando, los aventureros viajan aquí buscando hierbas especiales o la piel de algún monstruo para fabricar algo, pero…. Bueno, no vuelven a salir jamás.

—Ya veo, —dijo Goblin Slayer asintiendo; tomó el cuchillo en su mano y lo puso en su cinturón a la altura de su cadera. —…ya veo.

—Creo que nunca recibí una respuesta apropiada de tu parte.

—Mi padre era el cazador en jefe de mi aldea, —dijo Goblin Slayer agitando su cabeza, sin ni siquiera mirar al elfo. —Eso es todo.

Poco después, los últimos rayos del sol poniente desaparecieron en el horizonte. En su lugar, las lunas gemelas centelleaban levemente sobre el bosque.

§

La reunión se alargó más y más.

Los elfos tenían una vida prácticamente interminable; ¿Cómo podría uno de sus concejos no durar tanto?

Gente de avanzada edad se reunió, se sentaron formando un semicírculo y allí, bajo la luz de las «chispas de mar», discutieron sobre el futuro de la aldea.

Hablaron de la destrucción causada por el dios-bestia, Mokele Mubenbe. Y de la terrible falta de respeto de atraparlo entre sogas.

También estaba la horda de goblins que había aparecido cerca. ¿Qué no era normal para los goblins en su mundo ser numerosos?

También estaba el hecho de que los goblins habían atacado tanto a barcos como aventureros. Los elfos no querían que los humanos vinieran a crear problemas en el bosque.

¿Y qué hay del hecho de que los goblins habían estado montando sobre el dios-bestia? ¿Poseían los diablillos tanto coraje?

Cada propuesta invitaba a ser refutada por los otros miembros: “¿Y si hiciéramos esto?” “¿Por qué no hacer eso otro?” Las sugerencias comenzaron a apilarse.

Seamos claros en esto: los elfos no son tontos. Los elfos son la raza más sabia, quizás de los más inteligentes entre cualquier persona o raza entre los cuatro rincones del mundo. Razón de más, pues, para que les guste considerar todas las posibilidades y perspectivas antes de actuar.

Son conscientes de la estupidez que provoca el pensamiento colectivo de la turba, todos dirigiéndose tontamente en la misma dirección.

Quizás deberían tomar alguna medida especial contra los goblins, pero nuevamente, también es posible que sus temores fuesen infundados.

Estaba claro que algo nefasto estaba ocurriendo, porque de perdida, alguien había estado proporcionado recursos a los goblins.

¿Fue quizás un ataque de otros Personajes No-adoradores?, o ¿quizás solo una riña entre humanos?

Las respuestas a estas preguntas a menudo conducían a un peligro y amenazas sin precedentes.

Los humanos arrojaban una roca al agua y veían las ondas, pero los elfos veían hacia dónde se dirigían estas. Los humanos difícilmente podrían pensar sobre los próximos diez años en su futuro, pero un elfo fácilmente puede contemplar un siglo, o incluso un milenio más adelante.

Los humanos se burlaban de ellos por esto, decían que hacía que los elfos tardaran mucho en actuar, que eran cobardes, o incluso estúpidos… pero esto solo era en sí, una señal de la arrogancia de los humanos.

Y así continuó lo que equivaldría a una sesión de lluvia de ideas.

La Elfa Mayor, quien tenía poca paciencia para este tipo de cosas, se excusó rápidamente.

Dejándose acariciar por el fresco del aire nocturno, la Elfa Mayor dio un gran bostezo.

Había una rama de un gran árbol. Ella saltó desde el balcón de su habitación para huéspedes hacia esta, y desde allí caminó hasta el final de la rama.

Saboreó el sonido del crujir de las hojas, dejando que sus pensamientos vagaran hasta el otro lado de las nubes, mientras miraba a las estrellas y al par de lunas gemelas.

Este tenía que ser uno de los mejores lugares para simplemente recostarse y disfrutar de todo lo que el mundo tenía para ofrecerle.

Sé lo que él va a terminar diciendo de todos modos, así que, ¿qué sentido tiene hablar?

Sin importar como el concejo de los elfos terminara, ella sabía muy bien hacia donde se dirigiría Orcbolg. Goblins, goblins, goblins, goblins.

Ella era la desertora que había huido de su bosque, la delincuente que en su juventud había disparado una flecha hacia el dios-bestia. Ella no tenía ninguna obligación de obedecer al concejo de ancianos. Seguramente. Probablemente. Ella pensó en eso.

La Elfa Mayor sonrió ante la idea, mientras miraba a un pájaro que había llegado volando a pesar de que era de noche.

Con lo cual….

Atana. —Mi querida.

Ella escucho una voz intensa como la música, aunque ni una hoja ni una rama se habían perturbado por el sonido. La voz era uniforme, no regañona, pero la Elfa Mayor soltó rápidamente al ave, a cuya pata ella había atado un pequeño tubo.

El ave aleteó ruidosamente, tras lo cual desapareció en la ventana de la sala donde se celebraba el concejo.

Ettobo ni norokotan nokatamu. Ianachisafu. —¿Trepando a los árboles nuevamente? No tienes remedio.

Ara, iana yujuretto bonettadasen. —¿Oh? Y, aun así, aquí estás, querida hermana mayor.

La Elfa Mayor inclinó su cabeza completamente para poder mirar a la otra elfa sonriendo tontamente. El precioso vestido plateado cubría el voluptuoso cuerpo de la elfa mientras llenaba su visión de pies a cabeza. Su hermana caminó silenciosamente a lo largo de la rama; la Elfa Mayor se enderezo a si misma con un sencillo movimiento.

Onii, etsuka nedigiaku? —¿No deberías estar en el concejo?

Awachisesakamo, inatagamashijo. —Dejaré que los ancianos se encarguen de todo.

La elfa con la corona de flores agitó su cabeza grácilmente, una expresión melancólica inundó su rostro.

Era obvio que también ella se había escapado del concejo. Era la hija del líder, una princesa entre los elfos y, sin embargo, aún era demasiado joven para que se le concediera permiso para hablar en el concejo.

Para los elfos, la antigüedad lo era todo. Razón de más para observar cómo se comportaban los mortales antes de juzgarlos.

… Iromutsuki? —¿Quieres irte?

Oisedianekoettsuo? —Apenas y puedo difícilmente ignorar el asunto, ¿no es así?

No estaba claro si se refería a los goblins, o a Goblin Slayer. Incluso si su hermana se hubiese atrevido a preguntar, lo más probable es que la Elfa Mayor hubiera sonreído ambiguamente y no se hubiera molestado en siquiera contestar. Posiblemente ni ella misma conocía la respuesta.

…… ¿Onuriettakau? —¿Lo has entendido?

Eso era exactamente por lo que la elfa con la corona de flores tenía que preguntar.

Ella no entendía lo que su pequeña hermana estaba pensando, o lo que la había llevado a convertirse en una aventurera. Incluso un elfo mayor no podía leer la mente de alguien más.

Hito nio numuuuya, oyoniakijimu. —Las vidas humanas son cortas.

La rama no se estremeció mientras ella caminaba, casi como si ella misma fuera parte del gran árbol. Como si ella fuera una flor brotando de este.

Uamisetiku, inuoyukatatamagisofu. —Como estrellas titilantes, estas pronto se apagan.

La elfa señaló hacia el cielo nocturno salpicado de estrellas mientras hablaba. Los cielos resplandecientes estaban tan lejos, inalcanzables. La puerta de entrada de las tormentas. El Hogar de flogisto[2], el viento ardiente.

La Elfa Mayor se rio ante el ademan de su hermana, que era casi como si tratara de agarrar lo que no podía ser alcanzado, y al mismo tiempo ella extendía su propia mano hacia el cielo.

Oyonuriettakau, amaseen. —Entiendo, Hermana Mayor.

La Elfa Mayor hizo un breve círculo en el aire con su pálido dedo.

—Creo que… —dijo ella musicalmente, cambiando a la lengua común.

¿Por qué los elfos siempre eran conscientes de la belleza? ¿Era una señal de la gracia? ¿O era precisamente porque esta chica había huido del bosque, incapaz de ser contenida en el estándar de su gente?

—Tal vez su vida dure otros cincuenta, sesenta, o setenta años. La verdad no lo sé. Incluso podría terminar mañana. —A la luz de la luna, su sonrisa la hizo parecer tan joven como para hacerla ver angelical e inocente. —¿Así qué, por qué no quedarme con él? Tengo tiempo de sobra.

Sería como beber una sola copa de vino.

Como el despertar de un sueño.

¿No eran inmortales los elfos mayores?

Para ellos, la vida de un mortal era como el parpadeo de una estrella. Podían alcanzarla, pero no tocarla. Y si la tocaban, el calor de ella los quemaría.

—¿No es eso para lo que son los amigos?

—… La despedida te traerá dolor, —dijo la elfa con la corona de flores. Hizo un gesto hacia su hermana menor como si estuviera arrojando las estrellas que había recolectado.

—Realmente no lo creo, —dijo la Elfa Mayor, apartando un poco la vista. —No es para tanto.

Su tono era despreocupado; un segundo después, ella lanzo sus piernas peligrosamente hacia el cielo.

Con apenas suficiente tiempo para pensar, su cuerpo flotó en el aire…

—El enano me dijo una vez.

… Para luego entonces agarrar la rama con gran destreza, dejando que el impulso la llevara en un arco. Ella hizo una voltereta trasera a través del cielo y aterrizó junto a su amada hermana mayor.

—Él dijo que la resaca es parte de la diversión de beber.

—…Puedo ver que no importa lo que diga. —El más pequeño de los suspiros escapó de los labios de la doncella élfica. Ella miró a su querida hermana menor como el pájaro que llora a la luna por las noches. —Siempre has sido de esa manera. No importa lo que diga, nunca me escuchas.

—¿Oh? ¿Y cómo eso me hace diferente de ti? Señorita Yo-me-escapo-del-Concejo-porque-se-me-da-la-gana.

—He-he. —La Elfa Mayor soltó una pequeña risita, como el cantar de un ave. Luego entrecerró los ojos como un gato, sonriéndole maliciosamente a su hermana.

—No sé qué ves en un elfo tan serio y pragmático como él.

—…No eres quien para hablar. —La hermana mayor movió sus labios hacia atrás con desaprobación, dándole a su hermana un pequeño golpe no muy suave en la frente.

Igual que lo hacía cuando eran niñas… hace más de mil años, cuando jugaban de pequeñas.

—Aaauwch, —dijo la Elfa Mayor, actuando dramáticamente como si estuviera herida. Pero entonces un pensamiento la invadió.

¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuándo habían llegado a tener ella y su hermana la misma altura?

¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuándo su hermana y su primo llegaron a sentir algo así el uno por el otro?

¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuándo había querido dejar de ser la hermana menor de su hermana, para ser una elfa por cuenta propia?

Y ahora su hermana se estaba casando. Ya no sería, ante todo, su hermana mayor, sino una esposa, una gobernante.

Ni siquiera habían pasado años desde que ella había comenzado a viajar, mucho menos desde que comenzó a segur las hojas por la corriente del arroyo. Sin embargo, esos recuerdos parecían tener más de mil años.

—Hagas lo que hagas, vuelve con nosotros a salvo… Porque siempre te estaremos esperando.

—…Lo haré, —contestó la Elfa Mayor mientras asentía.

§

—… ¿Y qué estamos haciendo exactamente?

El elfo con el casco resplandeciente era la viva imagen del fastidio mientras se sentaba en su silla con la debida gracia. Tenía una belleza intensa, como el tallado de un mito. El viento de la noche le revolvía el cabello, y este lo volvió a colocar en su lugar con mayor irritación. El hecho de que incluso este simple movimiento estuviera lleno de elegancia hablaba a la clase de seres que eran los elfos.

Sentados frente a él en el balcón, bajo la luz de la luna, se encontraban varias jarras de vino y un plato rebosante de papas fritas.

—¿Qué quieres decir con qué? —El Chamán Enano habló desde el interior del círculo de personas, jalando su barba y sonando como si él no creyera que la situación necesitara explicación alguna. —En el último día de la vida soltera de un hombre, él y los otros hombres se reúnen y beben hasta el cansancio.

—La ceremonia de matrimonio aún está a varios días de celebrarse, y además estamos en un concejo.

—Los elfos no sabrían ver la diferencia entre unos cuantos días y unos cuantos miles de años, y en cuanto al concejo, este seguirá, estés ahí o no.

—Por el amor de los Dioses. Ustedes los enanos, son insufriblemente despistados.

—Y ustedes los elfos, siempre confunden el bosque con los árboles… ¡aunque vivan en uno! —Te quita años de vida, aunque no creo que te hayas dado cuenta.

En realidad, el elfo parecía algo avergonzado por la respuesta del Chamán Enano. Frunció sus cejas en una clara muestra de frustración, haciendo que el Sacerdote lagarto volteara hacia arriba sus ojos.

—Bueno, uno bebe vino antes de ir a la batalla, —dijo el Sacerdote lagarto. —Puede considerarlo nuestra forma de afianzar a los espíritus, si así lo prefiere.

—¿O tal vez los elfos no tienen esa costumbre?

El elfo con el casco resplandeciente asintió a regañadientes que ellos también lo hacían.

—Ciertamente, no estoy en contra, pero… ¿realmente quieres ir?

—Por supuesto.

Esta respuesta, inmediata y seca, vino naturalmente de Goblin Slayer.

El barato casco de acero, la mugrienta armadura de cuero, el arma y el escudo que el aventurero en ese momento había colocado en el suelo… con todo esto a su alrededor, Goblin Slayer asintió con la cabeza.

—Esto tiene que ver con goblins. No dejaré ni a uno solo de ellos con vida.

—¿Cómo planeas atacarlos, entonces? —El elfo con el casco resplandeciente preguntó con un considerable interés en la respuesta, humedeciendo sus labios con la punta de su lengua. —Asumiendo que el nido de los goblins esté en el interior de la selva…

—Hmm. Por tierra o por agua, supongo, —contestó Goblin Slayer, cruzando los brazos y gruñendo. —¿Qué opinas?

—Creo que el agua es nuestra única opción. Nuestra señorita ranger puede estar bien, pero me gustaría ahorrarle a nuestra querida sacerdotisa la humedad de la selva, —contestó el Sacerdote lagarto sin dudarlo. —El terreno favorece a nuestro enemigo. En lugar de vagar entre los árboles, creo que sería mejor seguir la corriente del río.

—El problema sería la balsa, —dijo Goblin Slayer, recordando su viaje. —No ofrece protección contra las flechas. Prácticamente pide ser volcada o hundida.

—¿No tenemos suficiente tiempo para hacer algunas mejoras?

—Los goblins saben de este asentamiento. Cuanto antes podamos movernos contra ellos más limitadas serán sus opciones.

—“Un ataque rápido es mejor que una lenta estratagema”. Ciertamente, ciertamente.

Mientras los demás se sentaban con las piernas cruzadas, Goblin Slayer y el Sacerdote lagarto elaboraban un plan rápidamente.

Era totalmente típico cómo, en medio de los hmms y ajás, el Sacerdote lagarto moviera su largo cuello para mirar al Chamán Enano.

—Maestro hechicero, ¿tienes algún as bajo la manga?

—Bueno, déjame ver. —El Chamán Enano se lamió los dedos limpiándose los restos de las papas que había estado comiendo, y empezó a rebuscar en su bolsa de catalizadores.

A primera vista, podría parecer una colección de chatarra y baratijas; pero una mente no instruida en las artes nunca se imaginaría que se trataba de objetos mágicos.

El Chamán Enano pasó por su suministro como un jugador de póker mirando su mano, y un momento después, asintió profundamente con la cabeza.

—Puede que lo único que sea capaz de hacer sea pedirles a los espíritus del viento que desvíen las flechas por nosotros. Desafortunadamente, ellos y yo no nos llevamos muy bien. —Los cuatro grandes elementos (tierra, agua, fuego y viento), se utilizaban para forjar el acero. Incluso así, la calidad de su relación con el espíritu del viento era un asunto totalmente diferente.

—Si eso es todo lo que necesitas, tal vez pueda pedírselo a las sílfides[3] del bosque, —ofreció el elfo con el casco resplandeciente, a lo cual el Chamán Enano golpeo su barriga jovialmente contestándole que le estaría muy agradecido.

Sin embargo, en contraste con el jovial enano, el elfo murmuró: —No tiene sentido. —Goblin Slayer lo miró.

—…Si se me permite decirlo, no puedo creerlo, —dijo el Elfo.

—¿Creer qué? —Preguntó Goblin Slayer.

Quizás el próximo-a-ser novio había aceptado finalmente el humilde banquete presente, porque estaba llenando una copa de cuerno con una cuantiosa cantidad de vino.

—Esta es una aldea de elfos. ¿Realmente construirían los diablillos un nido tan cerca de nosotros?

—Se preguntó, incluso habiendo divisado a los jinetes, y cómo estos habían controlado al dios-bestia Mokele Mubenbe a provocar destrucción.

—No me atrevo a pensar como ellos harían cosas tan enfermas, —dijo el elfo con el casco resplandeciente.

—Sí, —contestó Goblin Slayer. —Yo pensé lo mismo.

—Hrm…

—Los goblins son estúpidos, pero no son tontos. Son astutos. Pero…

Toma esto. El Chamán Enano le sirvió un poco de vino. Goblin Slayer lo aceptó y se lo bebió de un solo trago.

—¿Crees que los goblins son lo suficientemente inteligentes como para ser intimidados por los elfos?

Todo se redujo a este pensamiento.

Los goblins no pensaban en el futuro, sino que sólo intentaban sacar el máximo provecho de lo que tenían frente a ellos.

Si eran atacados por los elfos, o por aventureros, estos podrían luchar, o simplemente huir. Si no, significaba que sólo había una verdad para ellos: Los estúpidos elfos están viviendo una vida fácil, así que vamos a atacarlos, robarles, violarlos y matarlos.

Eso era todo.

¿Por qué? Porque los elfos siempre les hacían la vida miserable.

Por supuesto que no se pensarían en matar a los elfos.

Por supuesto que los violarían hasta el cansancio.

Traerían todo lo que tuvieron que soportar contra aquellos que los despreciaban como seres débiles e inferiores.

—Antes de que se den cuenta, habrá un nido cerca de la aldea. Primero, robarán ganado y cosechas, así como herramientas. Luego secuestraran gente. Y finalmente, tu aldea.

—Uno nunca alabaría a los goblins, ni en lo más mínimo… —El Sacerdote lagarto le dio un suave mordisco a una rueda de queso que había traído en su propio equipaje, moviendo sus grandes mandíbulas hacia arriba y hacia abajo antes de terminar con un ruidoso trago de vino. —…pero la mente sólo puede sorprenderse por su motivación y avaricia desenfrenada.

—¿Honras a su avaricia? —Preguntó el elfo con el casco resplandeciente, ante lo que el Sacerdote lagarto sacudió la cabeza en negación diciendo: —Por supuesto que no.

El barrió su cola a lo largo del suelo del balcón para luego extender sus manos como si estuviera dando un sermón. —¿Qué es esta cosa a la que nosotros llamamos avaricia?

—Bueno, tú sabes, Escamoso. Es…cuando quieres comer algo delicioso, o hacer el amor con una mujer, o cuando estas detrás de algo de dinero.

—Mmm. El apetito es una forma de avaricia, como lo son nuestros amigos, el amor que sentimos, y nuestros sueños. Si una cosa es buena o mala es una preocupación secundaria o incluso terciaria.

No había ninguna garantía de que los fuertes devorarían a los débiles, de que los grandes caerían algún día, o de que los más aptos sobrevivirían. Las mandíbulas del Sacerdote lagarto se asomaron formando una sonrisa reptiliana.

—Estar vivo es desear y tener esperanza, querer cosas; el camino de la vida es que hasta el más pequeño insecto en una hoja de hierba se arroje a sí mismo a vivir.

—… —El elfo con el casco resplandeciente se pausó para luego gruñir apreciativamente.
—Aunque no estoy tan seguro de que eso se aplique a los elfos.

—Por los Dioses. Todos ustedes son increíblemente lentos para actuar. ¿Qué?, ¿están demasiado gordos para moverse? ¿Más gordos que un enano? ¿Hmm?

—Los mortales son simplemente demasiado precipitados al actuar.

—Es por eso que te lleva tantos siglos elegir una esposa, ¿eh?

—Hrm… Cuidado con tu boca, —dijo el elfo enfadado. El Sacerdote lagarto sacó la lengua alegremente y sirvió más vino a todos.

—Ya, ya, toma una copa.

—…Muy bien.

El elfo drenó el cuerno. Sus mejillas ya estaban comenzando a sonrojarse.

—Si no les importa que lo diga… todos conocen a mi cuñada, supongo.

—Sí. —Goblin Slayer asintió. —La conocemos desde hace un año…. Un año y medio a la fecha.

—Me voy a casar con su hermana mayor. —Alargó la mano, casi molesto, y tomó una de las papas fritas; se la metió en la boca y frunció el ceño. —…demasiado saladas.

—Yo amo que estén saladas un poco, —dijo el Sacerdote lagarto, felizmente lanzando puñados de los bocadillos hacia su mandíbula.

El elfo con el casco resplandeciente, abandonando su majestuosa dignidad de momentos antes, poniendo sus codos sobre sus rodillas y su barbilla sobre sus manos.

—La hermana menor es quien es, pero también lo es la mayor. No tengo de que preocuparme, pero no tengo la sensación de ser muy querido.

—Joo, joo-joo, —se rio el Sacerdote lagarto. —Goblin Slayer-dono sabe algo de lo que es ser el hermano menor. ¿Tal vez él podría tener algunas ideas?

—Jo, —dijo el elfo, una sensación de cercanía obviamente apareció. —¿Él tiene una hermana mayor?

—Eso escuché una vez, en todo caso.

—…me pregunto, —murmuró Goblin Slayer para luego tomar un trago de vino. —Nunca fui nada más que un problema para mi hermana mayor.

—Un mocoso siempre causa problemas, así son las cosas, —dijo el Chamán Enano mientras vertía una generosa cantidad de vino a su copa vacía. Su cara barbuda tenía una leve sonrisa en ella. —No es nada de lo que avergonzarse.

—No estoy de acuerdo. —Goblin Slayer vació otra copa, agitando su cabeza suavemente.
—Si yo no hubiera estado allí, ella probablemente habría dejado la aldea.

Y eso habría sido lo mejor para todos. Goblin Slayer gruñó. Luego vació otra copa.

El Chamán Enano le sirvió más vino, y Goblin Slayer también lo bebió.

—Yo fui el que obligó a mi hermana a permanecer en la aldea.

—No digas tonterías, —resopló el elfo con el casco resplandeciente. —¿Sabemos el valor de una flor que se marchitara dentro un año? ¿Cuál es el significado de la semilla que cae en la arena? ¿Puedes comparar la vida de una rata con la de un dragón?

—¿De qué estás hablando? —replico el Chamán Enano, aun bebiendo felizmente su vino.

—Es un dicho élfico, —contestó el elfo, como si les estuviese contando un secreto. —Donde sea que estés, o quien sea que fueres, sin importar cómo uno viva o muera, todo es igual. Es una cosa preciosa. —Él levantó su dedo índice, haciendo círculos en el aire. Era un elegante y hermoso ademan. —Todas las cosas son uno en vida. ¿Algo tan simple como la ubicación cambiaría lo feliz que fue?

—Ya veo, —dijo Goblin Slayer, asintiendo. —…ya veo.

—Eso creo, —dijo el elfo con casco resplandeciente para luego respirar profundamente. El aire de la noche llenaba sus pulmones.

El amor es el destino, el destino es la muerte
Incluso para un caballero que sirve a una doncella, un día ella caerá en los garras de la muerte.
Incluso para el príncipe que se hace amigo de un dragón alado[4], dejará a la mujer que adora detrás.
El mercenario que amó a la clériga, caerá en batalla persiguiendo su sueño.
Y el rey que amó a la doncella del santuario, controla todo menos la hora de su separación.
El final de la vida, no es el capítulo final de una saga heroica.
Así como la aventura llamada vida, continuará hasta el mero final.
Amistad y amor, vida y muerte.
De estas cosas no podemos escapar.
Por lo tanto ¿Qué es lo que debemos temer?
El amor es el destino, y nuestro destino es la muerte.

Ho. El Chamán Enano aplaudió. El Sacerdote lagarto puso los ojos en blanco para indicar su profundo interés. El elfo, una vez terminada su canción, debió sentirse avergonzado, porque bebió la bebida de su cuerno hasta la última gota.

—Por eso me casaré.

—…Pero el problema que le causé a mi hermana mayor, —dijo Goblin Slayer desapasionadamente, —es parte del por qué ella nunca se casó.

—Mucha más razón para pagarle tu deuda.

—Sí, —dijo Goblin Slayer, tocando al Sacerdote lagarto en el hombro. Tenía mucho en qué pensar y mucho más que hacer. —Esa es mi intención.


[1] Los “Dragoons” o Jinetes Dragón son una clase de infantería montada, que usa caballos para movilidad (o ataque), pero se desmonta para luchar a pie (en modo defensivo). Los regimientos Dragón fueron establecidos en la mayoría de armadas europeas durante finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Para evitar confusión decidí dejar el termino original en la traducción.

[2] Phlogiston o Flogisto, es una antigua teoría alquímica que habla sobre un “elemento” presente en todas las cosas que se queman y que se libera durante la combustión. Muchas veces este elemento era representado como un cálido viento.

[3] Las sílfides, son espíritus femeninos del viento, muy usados en la mitología europea.

[4] El termino original “Sky drake”, es un tipo de dragón usado en la escritura fantástica para referirse a los dragones/serpientes aladas (dragones sin brazos que se mueven entre el viento).