Dejé escapar un suspiro mientras miraba el largo y estrecho cielo azul que se asomaba a través de las brechas de los edificios. Una tenue luz que se filtraba desde una brecha en las nubes brillaba sobre el callejón, dividiendo la parte superior del muro de color gris que se alzaba ante mí.

El sonido de los pies sobre el muro y las palabrotas me traen de vuelta a la realidad. Mis labios se apartaron de mi conciencia y comenzaron a moverse por su propia cuenta.

—Cuando un comerciante fue rodeado por una tribu bárbara de caníbales, les dijo «les pagaré 300 millones de ells si me dejan pasar». ¿Sabes lo que ocurrió después?

Como no parecía haber respuesta, continué:

—Una persona de la tribu bárbara dijo lo siguiente: «si me como esos trozos de papel, terminaré con dolor de estómago». Al final, ese comerciante fue asesinado y se volvió excremento de la tribu bárbara.

Cuando narré la conclusión mientras encogía los hombros, los ojos de las tres personas que estaban alineadas delante de mí se tiñeron de rabia. La temperatura alrededor de los hombres se disparó inmediatamente.

En un callejón donde no había escapatoria, esta situación era equivalente a una penitencia.

—¿Qué tiene que ver esa estúpida broma con los cinco millones de ells que pediste prestados, ¡eh, Ralph Granweed!? —Gast, el cobrador que me vilipendió diciendo mi nombre completo de manera minuciosa, acercó la superficie de su calva a una distancia tal que sentía su saliva sobre mi rostro. Casi estallo de risa ante la exagerada vena azul que le estaba fluctuando en una parte donde no se podía distinguir si era la cabeza o la cara; sin embargo, aguanté con todas mis fuerzas las ganas de reír. No era una buena idea hacer que mi deuda aumentara con tal acto.

—Pues eso. Dado que el dinero no es más que un trozo de papel, pienso como que la deuda tampoco es de importancia. 

—Pero, por desgracia, este es un estado constitucional, ¿sabes? ¿Acaso te parezco un salvaje? Si es así, te recomendaré un buen oftalmólogo.

—Guau, qué considerado. Ya que estás tan considerado, te agradecería si también prescindes de la deuda, eh —dije animadamente, añadiendo al final un símbolo de corazón con mis manos; entonces Gast me apuntó con un revolver negro. El cargador giratorio tenía seis balas y el percutor se había ajustado de manera correcta. Detrás del cañón flotaba la desagradable sonrisa del tipo de la calvicie prematura. Escupiendo para mis adentros, levanté ambas manos—.

»Me rindo, me rindo. Transferiré el dinero ahora mismo. Espera.

Saqué el celular del bolsillo de mi traje negro. Mientras manipulaba el celular y pretendía hacer una transferencia de moneda virtual a la cuenta de Gast, buscaba un número telefónico. Manteniendo la mano izquierda en pose de rendición, pulsé el botón de llamada.

—¡Ven de inmediato, colega!

En respuesta a mi señal, la sombra de una joven mujer descendió del tejado del edificio que estaba a mi espalda. La mirada de Gast y los otros cobradores entonces se desvía hacia la demente mujer que saltó desde un edificio de cinco pisos. Tomando ventaja de eso, mandé a volar al hombre calvo; al mismo tiempo, una mujer de pelo negro y ojos carmesíes aterrizó a mi lado sin hacer ningún ruido. A pesar de que saltó de tal altura, la mujer estaba impasible.

—Liza, joder, ¡¿a qué horas piensas que era la reunión?! —me quejé, lleno de frustración.

Entendiendo finalmente las circunstancias, uno de los tipos elevó la voz:

—¡¿Qu-qu-qué rayos?! ¡¿Tú…?! ¡¿Cómo rayos?! ¡¿Desde esa altura?!

Liza voló y pateó al hombre que estaba tan confuso que parecía estar en trance. Mi colega —que lucía agresiva con una chaqueta negra y minifalda roja— dio una espectacular voltereta, y aterrizó en el asfalto. Se alineó a mi lado con una expresión abiertamente enfurruñada en el rostro.

—¿Qué rayos con esa actitud cool de mierda en esta situación? ¡¿Tan desesperada estás por ser popular?!

—Vine aquí para ayudarte, ¿y ni siquiera me das las gracias? ¡¿En serio?! Te mataré después, sin duda.

Junto con unos gritos dolorosos a mi oído, los rostros ásperos de los prestamistas se alejan uno tras otro. Y, tal vez debido a que la atmósfera se había cortado con el repentino refuerzo, Gast guardó el arma sin siquiera intentar agarrar de los hombros a sus subordinados, que escapaban. En contraste con los otros tipos, no estaba tan sorprendido. Las maldiciones del cobrador se fundieron en el callejón.

—¡Es por eso por lo que odio hacer negocios con monstruos! ¡Hey, Ralph! Desgraciado, ¡¿cuándo rayos es que vas a pagar la deuda?! ¡Siquiera van a seguir vivos mañana, cabrones!

—Puede que sea terrible para mis fervientes acosadores, pero no bateo para el otro lado, ¿sabes? Y no vayas a cobrarme hasta el infierno, eso sería raro, ¡¿no lo crees?! —dije cínicamente, y Gast curvó los labios, sonriendo con desprecio.

Entonces, dándonos la espalda mientras se alejaba caminando, el hombre calvo escupió.

—¡Ja! Bien sabía yo que eras un bueno para nada, ¿no?

No pude devolver un chiste ingenioso ante el comentario de despedida mordaz que me dejó una terrible punzada en el pecho. Miré a mi lado, y Liza se estaba aguantando las ganas de bostezar. Aplasté una lata vacía que estaba sobre mis pies, y salí del callejón.

Una bandada de pájaros negros, que rebuscaban en las bolsas de basura, gorjearon como si se estuvieran burlando de nosotros.

Cuando entré en mi amado coche, un Gremz 302A, encendí un cigarrillo. El espeso humo de los Daft Flux Standard —los cuales llevo fumando diez años, desde la edad de quince— llena el interior del coche. Soy el único por aquí con el extraño gusto de fumar una marca de cigarrillos barata, la cual, de paso, tampoco tiene un buen sabor. Mientras sentía como las toxinas llenaban mis pulmones, comencé a hablar con Liza, que estaba en el asiento del copiloto.

—Llegas una hora y media tarde. Si se tratara de una empresa al borde de la quiebra, te habrían despedido; y, si se tratara de una mujer en su primera cita, te habrían dejado hace bastante tiempo. Además, como te tardaste bastante, tuve la desgracia de toparme con un cobrador. Mira como lloro de lo tan jodidamente afortunado que soy.

—¿Qué? ¿Y qué iba a saber yo? O, mejor, ¿para qué me llamaste tan de repente?

—¡Mierda! ¡¿No fuiste tú la que me dijo a dónde ir?! ¡¿Tienes idea de lo jodido que es salir del distrito Yreda?!

—Vale, vale, como tú digas. Gracias por tomarte la molestia. Entonces, ¿cuál es el negocio?

—Granov lo ha rotado. El trabajo de mierda de siempre, ya sabes. Deberías tener una idea.

—Bueno, me da igual. —Los labios de Liza se distorsionaron en maldad—..

»Exactamente estaba queriendo descontrolarme, ¿sabes?

El viejo motor de hace tres generaciones relinchó, y la carrocería se agitaba como si fuera la de un auto desguazado. Al girar el volante para ingresar el coche en la calzada, le eché un vistazo a mi colega, que estaba bostezando.

Liza Barrelwald arrojó una bolsa de plástico negra dentro del vehículo y entrecerró sus ojos carmesíes como si estuviera somnolienta.

Lleva un brazalete de plata alrededor de la delgada muñeca que se asoma desde la manga larga de su chaqueta negra. Desde su piel blanca como la porcelana, no se pueden percibir rastros de vitalidad. Su pelo negro, que rara vez se ve en este país, está recortado alrededor del cuello y sus afilados ojos carmesíes, que se asoman entre las brechas de su pelo, son infinitamente profundos.

Una belleza tanto hechizante como inestable. Mi primera impresión de Liza, incluyendo su innecesaria buena figura, fue que era una mujer agresiva e inaccesible. Han bromeado conmigo diciendo que tengo cara de «asaltante de tiendas de conveniencia» debido a mi aspecto con mirada agresiva, pelo corto rubio y el piercing en mi oreja izquierda. Sin embargo, esta tipa está más allá de eso: va por ahí esparciendo la impresión de que lleva una cierta aura de ominosidad.

Con todo eso junto, las prendas de vestir de esta tipa, como si fuera a salir a un bar, no son apropiadas para el trabajo donde nos estamos dirigiendo. Es todo lo contrario a mí, que hasta estoy equipado con un chaleco antibalas debajo de mi camisa azul.

—Aunque estamos yendo al trabajo, andas demasiado casual, ¿eh? Cuando te maten, no voy a pagar tu funeral, ¿está claro?

—Sin embargo, no pienso que exista otro tipo como tú, que sea tan tremendo idiota como para armarse para matar una mosca.

—Eres una mocosa de diecinueve, no seas negligente, ¡¿vale?! Estamos tratando con los mismos tipos que robaron dos balas de plata de esos Philminad. No tienen, según la información que recibí de Kai, pero prepárate para la posibilidad de que hayan contratado a un molesto perro guardián.

—Más bien, sería genial que fuera así, ¿sabes? Quiero decir, exterminar solo insectos es tan aburrido.

Al mirarla mientras estaba consternado, vi que Liza estaba sacando de un obviamente nuevo estuche un también obviamente nuevo disco de música. Teniendo en cuenta la bolsa que estaba tirada, parecía que acababa de comprarlo en una de las grandes tiendas de los alrededores. Por fin entiendo por qué me llamó expresamente hasta el área metropolitana.

—No me jodas, ¿esa es la razón por la que te retrasaste? ¿No fue nada como un ataque de unos agitadores o ayudar a un anciano en problemas en la calle?

—Recordé que hoy salía a la venta el nuevo disco de DijsDisease, así que simplemente tuve que ir corriendo a comprarlo. Si esperaba hasta que terminara el trabajo, quién sabe cuándo lo escucharía.

—¿Cómo diablos se estructura ese sistema de prioridades? Esta perra… Ya has perdido la cabeza.

—Incluso si así lo parece, inmediatamente después de que salí de la tienda, recordé nuestro compromiso. Más bien, desearía que me agradecieras, ¿eh?

—Oye, Liza, ¿alguna vez has sido consciente de algo llamado responsabilidad? ¿Conoces al menos el término «sentido de culpa»?

—Ah, ya cállate, no me dejas escuchar. ¿Qué es lo que te tiene tan tenso desde el mediodía?

Dejé escapar un suspiro que mezclaba el humo del cigarrillo con un intenso impulso de matar. El megavolumen del rocanrol resonó con fuerza, acallando mis lamentos.

El escenario exterior de la ventana, que se precipitaba como una ola y luego fluía hacia atrás, mostraba lo ajetreada que era la ciudad. Muestra de ello eran los apilados y altos edificios de los que emergían letreros brillantemente coloridos y las aceras llenas de gente incluso en una tarde entre semana.

Un indigente con ropa andrajosa, de cuclillas, compartiendo el mismo aire de los estudiantes y personas trajeadas que se dirigen a paso rápido a sus respectivos lugares. También había un grupo de personas que parecían ser adeptos de una nueva religión, vestían trapos abundantemente coloridos y ejecutaban una extraña danza. Pienso en ello cada vez que vengo a recoger a Liza, que vive «fuera de la isla»; sin embargo, el inexistente sentido de cohesión en Ellef no presenta cambios: la cordura y la locura coexisten en el caos.

—Liza, te lo he repetido una y otra vez, tienes que mudarte al distrito de Yreda lo antes posible. No importa si es la mismísima ciudad de Ellef, toma unas dos horas hacer un viaje desde Yreda hasta el centro de la ciudad. Cuatro, si tenemos en cuenta la ida y vuelta. Hey, ¿sabes lo que son cuatro horas? Podrías tomarte la molestia de pensar un poquito en lo difícil que es para mí venir a recogerte cada vez que tenemos trabajo, eh.

—Y te lo he repetido una y otra vez, no hay forma de que viva en un distrito que no tenga música en vivo o tiendas de discos. ¿Podrías, si quisieras, tomarte la molestia de tener eso en consideración?

—En ese caso, tengo buenas noticias. En Yreda se pueden escuchar cuanto uno quiera tiroteos y gritos de gente. El problema es que, si los escuchas constantemente, terminarás loco, sin falta…  O debería decir que, primero que todo, el hecho de que personas como tú y yo vayamos por la calle principal durante el día es una situación bastante loca en sí misma.

—Aunque me parece más loco el hecho de que incluso un delincuente pueda rentar un lugar si soborna a la oficina de gobierno, ¿no lo crees?

—¿Y quién piensas que está transfiriendo esos sobornos? Tienes que mudarte en menos de un mes. Sin falta, ¿está claro?

Ellef, la segunda ciudad más grande del Imperio de Balesia, es una ciudad tolerante que acepta a buenos para nada como Liza y yo. Si hubiera una persona decente, probablemente la condenaría como una ciudad impura.

La ciudad de Ellef ha sido una próspera ciudad comercial desde tiempos inmemoriales; sin embargo, se desconoce en qué momento organizaciones criminales extranjeras comenzaron a llegar a la ciudad en gran número. Dentro de estas se incluye una gran organización que posee una gran cantidad de balas de plata, causando que la línea entre la fantasía y la realidad se haya borrado hace tiempo de esta ciudad.

Como si se tratase de una pesadilla, la fantasía distorsionó el corazón de todas las personas, haciendo sucumbir la ética y sentido de los valores. Cuando llegó a los bajos fondos —por naturaleza estaba cubierta de mierda—, sin oponer resistencia fue ahogada en la fantasía. Y eso dio nacimiento al incremento de las lápidas y las hienas como nosotros.

Una vez le eché una ojeada a un registro de la policía. Según ese documento electrónico, en los últimos treinta años —desde la aparición de las balas de plata—, el número de víctimas de asesinato en el Imperio de Balesia había alcanzado la tremenda cifra de un poco menos de cincuenta mil al año. En resumen, se está cometiendo una cantidad de asesinatos comparable a la de las antiguas zonas de guerra, esto en un país avanzado y pacífico que no está en guerra con ningún otro. Obviamente, no es una cifra ordinaria.

El coche circulaba sobre el mar, que estaba teñido por el crepúsculo.

El puente que estábamos cruzando ahora era uno de 2 256 metros de largo, al cual, según el rumor favorito, llaman de manera chulesca la «carretera de los accidentes». Sin embargo, hace tiempo que se ha olvidado su nombre oficial. Y al final del puente está la región autónoma especial Yreda de la ciudad de Ellef, la altamente infame mubanchi1 del Infierno… Es popularmente llamada la «ciudad caída»2. El viejo coche, que se dirigía en línea recta sobre el mar hacia el distrito sin ley, parecía como si ciertamente fuera a estrellarse en alguna parte.

—Es una ciudad en la que es fácil entrar, pero de la que es difícil salir, ¿eh? —no pude evitar murmurar mientras observaba el enorme atasco que se estaba produciendo en el carril contrario.

Entrar en el distrito Yreda solo requiere del simple procedimiento de transferencia de datos; sin embargo, cuando se trata de ir en dirección a la ciudad de Ellef, no es tan fácil. Esto se debe a que en la entrada del puente se llevan a cabo inspecciones que podrían considerarse excesivas en cantidad, tales como el cacheo, la revisión de efectos personales, la investigación de antecedentes, y así sucesivamente. Es casi imposible que un criminal salga de la isla por las rutas regulares, exceptuando el caso de que tenga colaboradores en la policía, como es mi caso.

Tras desembarcar en la isla artificial, seguí conduciendo el vehículo durante un rato. Una variedad de tiendas, tanto legales como ilegales, que exhibían anticuados carteles luminosos de neón, se alineaban en la zona cerca del mar, donde se podía ver el puerto de Ellef en la distancia al otro lado del puente.

Acordes a la fama de la calle Nebul, que es una «atracción turística» para la escoria, existen en plena calle principal —aunque bajo camuflaje— no más que negocios que solo parecen querer luchar contra la ley, como numerosos burdeles y garitos de apuestas, jugueterías que venden armas a bajo precio y droguerías especializadas que distribuyen felicidad artificial a todas las personas. Allí, el orden y la moral fueron eliminados, y el deseo y el caos se pavonean a sus anchas. Es un escenario totalmente deprimente.

—Cuando vine por primera vez a esta isla artificial, no me pareció más que el set de alguna película, tal y como ves, ¿sabes? Nunca hubo un momento, tanto como aquel, en el que haya estado más de acuerdo con los extremistas que piden que este lugar sea bombardeado. —Chasqueé la lengua mientras expresaba mi impresión; entonces, Liza, como si tuviera la misma opinión, sonrió fríamente.

—Bueno, ciertamente. Y pensar que, albergando una ciudad como esta, el Imperio de Balesia se llama a sí mismo un adecuado estado constitucional.

—De los tipos que nacieron y crecieron en el distrito de Yreda, se escucha que uno de ellos una vez fue atrapado por asesinar personas fuera de la isla y se anduvo quejando de principio a fin ante la policía. Dijo algo como «la ley que aprendí de mis padres es que se es posible matar hasta tres personas, no entiendo para nada cómo es que me arrestan por matar a dos».

—Ja, que no parezca para nada una broma hace que sea gracioso.

En primer lugar, el distrito de Yreda es una isla artificial y fue un suelo recuperado del océano con el objetivo de construir un complejo turístico o una zona industrial. Era un proyecto de gran envergadura dirigido por el gobierno, pero un grave accidente durante su desarrollo y la revelación de corrupción cometida por los políticos que dirigían el proyecto lo dejó en un punto muerto. Sumado a ello está el asesinato del entonces alcalde de Ellef, lo que hizo que el distrito de Yreda quedara deshabitado, quedando solo edificios y caminos de diversas extensiones… Todo ello es un hecho histórico que se menciona incluso en los libros de texto.

Y lo que luego salió mal para convertirla en lo que es hoy… es un misterio. Cuando yo era un mocoso, ya se le consideraba el lugar más peligroso del mundo (dejando de lado las zonas de guerra). Un buen ejemplo es el como la policía casi no puede hacer intervenciones en las calles como las de esta banda criminal.

—Llegamos.

Aparqué el Gremz en el arcén, señalando con la barbilla el bar de aspecto llamativo que hay al otro lado del estrecho camino. Hay levantada una señal de prohibido aparcar; sin embargo, en un lugar como este carece de sentido.

Al igual que en los demás negocios, había un letrero de «abriremos pronto» delante de la puerta del bar. Los comercios de la calle Nebul estaban trabajando diligentemente en las preparaciones para abrir sus puertas ante la proximidad de la noche.

Sin embargo, las circunstancias de este bar eran un tanto diferentes de las de los demás. No eran empleados los que estaban parados en la puerta, sino dos hombres de traje negro que portaban armas. Cuando el motor se detuvo, también lo hizo la inquietante canción que en la letra mencionaba el asesinato de múltiples personas; fueron tantas que había perdido la cuenta.

—Ah, aunque ya casi van a abrir, ¿por qué no los eliminamos?

Antes de que me diera cuenta, estaba apuntando un cuchillo hacia mi garganta. Ya me he acostumbrado a este grado de excentricidades.

—Ya vamos a empezar el trabajo, ¿qué clase de estupidez haces? ¿Lo haces a propósito o estás enferma? Aclárate.

—Trabajo, ¿verdad? —Liza se rio mientras apuntaba con un cuchillo que tenía una forma atroz y añadió—: no es diferente a un asesinato en medio de un robo, ¿verdad?

—… A primera vista, parece solo un bar, pero en realidad también es la oficina de una organización criminal. Es una organización menor llamada Compañía Bardou, pero, para sorpresa, están escondiendo balas de plata que robaron de la Familia Philminad. Parece que no tienes el cerebro para imaginar lo que harán esos tipos después de que las robaron.

—¿Tengo permiso para matar?

—Hace un rato, Granov nos lo solicitó de una lista negra aprobada por el gobierno. Por supuesto, se sobreentiende lo de vivos o muertos. Dijo «por consideración y justicia, por favor, mata a esos tipos».

Presioné el cigarrillo acortado sobre el cenicero y dejé escapar un respiro profundo. La razón por la que dejé pasar los sarcasmos de Liza fue porque juzgué que las preguntas y respuestas inútiles no tenían sentido. No es como si quisiera escapar de la culpa que conlleva la corrupción de la mente.

Dejar de lado las dudas, renunciar a los pensamientos y deshacerse de las ataduras. Las emociones excesivas no son necesarias a partir de ahora. Tracé con el dedo el hermoso cañón de la Barrack M31 —una pistola automática fabricada por la compañía Jean Barracks— que llevaba en la mano derecha, mientras preguntaba a Liza, que estaba en el asiento del copiloto. La herida de bala en el pecho izquierdo me cosquillea.

—Una verificación final. ¿El objetivo del trabajo de esta ocasión?

—Tomar las balas de plata que tiene la basura.

Las comisuras de la boca de Liza se curvaron mientras en sus ojos carmesíes se desbordaba una congelante intención asesina. Proseguí:

—Entonces, ¿cuál es el plan?

—No es necesario un plan. Voy a entrar de frente y mataré a todos los idiotas que se me aparezcan.

—Exacto, buen trabajo.

Terminamos carcajeando con ironía, luego abrimos la puerta violentamente y nos apresuramos fuera del coche. Una vez que nos aseguramos de que no había nadie en los alrededores, cruzamos la carretera corriendo hasta la puerta principal. Al acercarnos a las inmediaciones de la entrada, los dos hombres parados que la protegen nos amenazan desenfundando las armas.

Un rugido se dispara a través del silencio, y la intención asesina dispersa el orden. Durante el tiempo que se sintió comprimido a una décima, pude ver el conflicto de los hombres que dudaban de si disparar o no.

—¿Piensan que una mera arma es una amenaza? ¿Siquiera son novatos?

La duda invita al retraso de la reacción, y eso trae como resultado la muerte. El cuchillo de Liza se movió fluidamente y degolló a ambos en un instante. Una pistola que no puede tirar del gatillo no es más que chatarra. Si realmente querían amenazarnos, primero debieron haber disparado a uno de nosotros sin mediar palabra y, entonces sí, gritar todo lo que quisieran. Pueden lamentar sus errores libremente bajo la fría tumba.

—Liza, ¿cuántos hay adentro?

—Cállate un momento, voy a verificar.

Liza cerró los ojos tranquilamente y puso la oreja contra la puerta de madera, fabricada para que no se pudiera observar hacia el interior. Los órganos sensoriales de Liza son cientos de veces más precisos que los de los humanos normales, así que puede presumir de su precisión. La habilidad de la audición amplificada capta sin problemas hasta los sonidos más pequeños del interior de un edificio, y comprende al instante la situación en función del tipo y la intensidad del sonido. Una sonrisa feroz aparece en el perfil de Liza al apartar la oreja de la puerta.

—Hay tres personas en el interior del establecimiento. Entrando, hay dos personas sentadas en el mostrador de la derecha. Hay una más que simplemente está deambulando por ahí. Ah, y todos están espléndidamente armados, ¿sabes?

—Están siendo demasiado cuidadosos. Eso prueba que esconden algo problemático. ¿Hay alguna oficina importante más al fondo?

—Eso parece, ¿sabes? Hay algo así como un espacio amplio en el sótano.

Rompimos a través de la puerta con una patada, justo después de dar la señal. Tal cual, apunté a la frente del hombre que estaba de pie alistando su ametralladora, y jalé del gatillo de mi Barrack. Los disparos secos cruzaron por el interior de la habitación, y los cartuchos vacíos expulsados poco después rebotaron haciendo un sonido distinguible. Al mismo tiempo que el hombre, que había muerto manteniendo una sonrisa quebrada, cayó de espaldas, las dos personas sentadas en los asientos del mostrador se dieron cuenta de nuestra presencia. Para cuando sacaron sus armas especializadas del interior del bolsillo cerca del pecho, Liza ya había aterrizado sobre la mesa del mostrador.

—Reacción lenta. ¿Se acaban de despertar o qué? —Junto con una voz apática, Liza agarró la cabeza de uno de los hombres y le retorció la muñeca como apoyo. Al ver a aquel hombre, tomado por sorpresa, con la cabeza girada ciento ochenta grados, el hombre trajeado sobreviviente cae de su asiento dando gritos.

—U-uuuuuustedes… Imposible, ¡¿usuarios de plata?!

—En efecto.

Mientras miraba hacia abajo al hombre al borde de la locura, presioné sobre el monstruo que anida en la izquierda de mi pecho. La herida de bala palpitaba, pareciendo complacida, y se generó algo parecido a una niebla negra en la mano izquierda que proyecté en la dirección del hombre. Seleccioné una de las innumerables opciones que se extendían en el interior de mi cabeza, así determiné el siguiente movimiento. Y, como si respondiera a ello, la niebla se despejó al instante, haciendo que una subametralladora ennegrecida fuera convocada a mi mano izquierda.

La totalmente automática subametralladora click gun, que ostenta una velocidad rápida de fuego de hasta quinientos disparos por minuto, haría que un hombre robusto de los bajos fondos quedara reducido a carne picada. Después de que la subametralladora descargara unos treinta disparos, se desvaneció, y me dirigí hacia la puerta metálica que estaba al fondo del mostrador mientras volvía a poner la Barrack en la funda. Liza se encogió de hombros mientras sonreía con amargura, parecía ser una señal de que la puerta estaba firmemente bloqueada. Con la escopeta que se proyecta de mi mano derecha, pulverizo el pomo de la puerta, dejando al descubierto las escaleras que conducen al sótano.

Los humanos que tienen balas de plata implantadas en el interior de su cuerpo por medio de un procedimiento quirúrgico especial son denominados «usuarios de plata», y obtienen habilidades físicas extraordinarias y otras habilidades especiales que parecen sacadas de una historia de ciencia ficción. Pueden tomar prestado el extraordinario poder de un demonio o algo que vive en otra dimensión a través de la bala de plata.

Estas habilidades especiales varían ampliamente, pueden ser desde invocar armas, como la mía, hasta controlar el sonido, como la de Liza. Podría decirse que las habilidades de combate de los usuarios de plata son casi como las de un monstruo. Su poder de supresión en combate contra grupos, como en esta ocasión, es comparable con el de las fuerzas especiales del Ejército Imperial por sí mismo.

—No te lo tomes como algo personal. Es de sentido común que, si pones tu mano en una bala de plata, serás blanco de recompensas. Si quieres quejarte con alguien, hazlo con el idiota de tu jefe o con el gobierno que puso precio a tu cabeza.

—¿Qué mierda inútil le estás diciendo a un cadáver?

—Me hace parecer una buena persona, ¿no lo crees?

Los usuarios de plata, los cuales tienen la mente invadida por el espíritu que anida en su corazón, no tienen la facultad del sentido de la culpa, así que no vacilan en romper a través del tabú conocido como asesinato. Siendo ese el caso, ese sentimiento que es como si un lodo se acumulara en el fondo de mis entrañas, no es más que una quimera mía. El problema que se siente como una espina presionada en mi corazón es solo una viciosa ilusión.  

Junto a un rugido de ira, los sonidos de varios pasos acercándose por la escalera reverberaban sobre la superficie de la pared fría. Acabamos de llegar cerca al rellano de la escalera, y, aunque no contamos con algo como un muro de obstrucción ni nada parecido para resguardarnos, no sentimos ni una pizca de miedo. Siete hombres llegaron y nos apuntaron con cañones de ametralladora.

Liza pateó el suelo, dejando una sonrisa fría en su rostro. Los hombres se llenaron de impaciencia, y dispararon ráfagas de fuego, pero el cabello negro de Liza fluía hacia atrás, solo dejando su estela y los innumerables agujeros de bala detrás de esta. Tal vez si fuera el caso de soldados entrenados, pero no hay forma de que atacantes amateurs equipados con simples armas poderosas puedan golpear a un usuario de plata. Además, cometen el error fatal de perderme de vista, sin darse cuenta de que la Liza que esprinta es solo un señuelo. 

Liza se alzaba delante de ellos y escapaba de su línea de fuego. No perdí esa oportunidad, y barrí simultáneamente las click guns que invoqué en ambas manos. El aliento del dios de la muerte quebranta el suelo de linóleo y convierte instantáneamente en una masa de carne al cuerpo humano expuesto a un abrumador poder destructivo. Un estruendo que rompe los tímpanos suena como música de fondo mientras los cartuchos bailan en éxtasis bajo mis pies.

Dos personas se paran una al lado de la otra frente a una puerta cerrada mientras se limpian las salpicaduras rojas de las mejillas con la parte posterior de las manos.

—Ahora que lo pienso —murmuró Liza mientras se arreglaba el flequillo desordenado—, olvidé cerrar con llave mi casa.

Liza, que puede pensar cosas sin sentido en circunstancias como esta, está por completo fuera de la lógica común.

—De todos modos, no tienes nada que pueda ser robado en tu casa, ¿verdad? Así que relájate.

—Lo que pasa es que, como es todo un problema hacer una cuenta bancaria que no sea descubierta por el gobierno, he puesto encima de la mesa todas las recompensas que he obtenido hasta ahora. Si alguien lo ve, sería terrible, ¿verdad?

—… ¿Es en serio? ¿Has dejado una gran suma de dinero por ahí sin tomarte la molestia de medio ocultarla? Tu inconsideración es lo más terrible aquí, ¿sabes? Santos cielos, se me está poniendo la piel de gallina.

—A ver, dime, ¿en dónde en una habitación estrecha donde apenas caben una mesa y una cama puedo esconder algo?

—Primero, deja la estúpida idea de ponerlo en el interior de tu casa. —Y las palabras que menos se ajustaban a nosotros, que estábamos cubiertos de sangre, salieron de manera automática—: cuando terminemos con este trabajo, te llevaré a que tomes un curso corto sobre prevención de crímenes, quieras o no.

Mientras lo decía, pateé la puerta, y lo primero que entró en mi vista fueron los muchos cañones de armas que se suspendían dentro de un cuarto que tenía el aspecto de una oficina de negocios común. Con miradas que entremezclaban odio y miedo, más de diez hombres nos apuntaban con pistolas. Las manos de los chicos malos que habían traicionado el orden y habían vendido su alma al caos temblaban.

La mismísima oscuridad habitaba en las cavidades de los cañones de sus armas, cuando simultáneamente se iluminaron con el estallido del fuego. Ya lo había anticipado, por lo que desplegué en la mano derecha un escudo antidisturbios como los que usan las tropas móviles de la policía. Un robusto escudo hecho de una aleación hace rebotar todas las flechas de plomo.

Liza, que estaba por detrás, viendo como solo pasaban las balas, chasqueó la lengua mostrándose fastidiada.

«¿Tanto quiere descontrolarse?».

—Joder, vamos. Eres la misma mierda de siempre. ¡Dámela rápido!

A este paso, podría ser apuñalado por la espalda por mi excitada colega, así que no tuve más remedio que cumplir con su demanda. Intervengo la herida de bala en mi pecho izquierdo, y activo la habilidad. Convoqué una espada en la mano izquierda y la envié hacia mi espalda. Cuando Liza la recibe, salta desde la sombra del escudo con una expresión de felicidad.

—Violencia moderada, ¿vale? Cuando la usas, es realmente grotesco.

—Ja, como si me importara.

Los hocicos de las armas de dos hombres persiguen a Liza, que se ha tomado la molestia de ponerse a rango de tiro después de salir de una zona segura. Estaba a poco menos de tres metros de distancia. Por desgracia, el juicio de los dos hombres de creer que la bala sería más rápida y atravesaría el cuerpo del enemigo si era a esa distancia estaba completamente equivocado. Más rápido de lo que las yemas de los dedos de los hombres pudieron moverse para apretar el gatillo, un filo blanco plateado fluyó de izquierda a derecha, desmantelando las dos pistolas. Liza había saltado mientras dejaba inutilizables las armas del enemigo. Mientras giraba en el aire, Liza cortó con una puntería precisa sobre el pecho y la nuca de los hombres.

Los nueve restantes finalmente entendieron lo peligrosa que era Liza; sin embargo, lo hicieron muy tarde. Sin que su cuerpo fuera rociado por el líquido rojo que brotaba como si fuera una fuente, Liza ya se había convertido en un torbellino letal.

—¡Ah, ja, ja! ¡Genial! ¡Es tan jodidamente divertido! ¡No tengan miedo, vengan por mí!

Con movimientos fluidos, blandía una espada que era tan larga como su propio cuerpo, y se convirtió en una ráfaga de viento que corrió por encima de los escritorios alineados. Una lluvia de balas a trescientos metros por segundo no podía ni siquiera tocar ligeramente a una única persona.

Sin siquiera tener el margen para ser conscientes de su propia muerte, los miembros de la Compañía Bardou fueron partidos en dos uno tras otro, y, para añadir esplendor a la tormenta, una gran cantidad de sangre y órganos internos fueron esparcidos a su paso. En medio de los gritos que sacudían los tímpanos y la tormenta de sangre que soplaba con fuerza, la espada que Liza blandía, con una fuerza irrefrenable, llevaba la muerte a los que tocaba.

—No los mates a todos, ¿vale? —grité en dirección a Liza mientras le brindaba un mínimo fuego de cobertura con mi Barrack ahora desenfundada.

En el fondo de la habitación, sobre un escritorio de madera que a simple vista evidenciaba alta clase, la tempestuosa danza de Liza se detuvo. Limpia los coágulos de sangre adheridos a la espada, y levanta la mirada hacia el techo con una expresión de éxtasis. La sonrisa infantil que emerge en sus labios es inocente, tanto como está fuera de lugar. Sus ojos carmesíes, aletargados hasta hace un momento, brillan como joyas.

Ante la escena que incluso me hizo sentir una especie de sublimidad, de repente sentí un mareo. «Un ser humano que disfruta del acto de la batalla como si fuera un entretenimiento y se sumerge con deleite asesinando, no se debería permitir que exista en este mundo un monstruo tan absurdo».

Sin embargo, esta sensación debe evitarse. En lo que concierne a un usuario de plata, quien es un arma humana, es la justicia en sí la que se está quebrantando. Por ello, pegué una sonrisa demente a mi rostro y tuve que declarar:

—Supongo que ya entienden nuestro objetivo, ¿pueden considerarse unos afortunados, hijos de puta? Si quieren una muerte rápida, escupan dónde ocultan las balas de plata… Oh, eso me recuerda, esta mujer demente de aquí es una sádica con una terrible pasión por la tortura, e incluso ahora está impaciente por querer hacerlos picadillo. Por otro lado, yo soy un hombre amable y benevolente como un santo. Al mierda que sea honesto, le daré la muerte menos dolorosa posible, ¿vale?

—Ralph, ¿podrías no implantar una imagen equivocada de mí?

—¿Cómo está equivocada?

Reuní a las tres personas en un solo lugar, mientras los amenazaba apuntándoles. Los rostros entre los hombres de aspecto rudo estaban teñidos uniformemente de miedo. El joven de cabello rubio que probablemente sea el más joven está temblando y sollozando.

—¡Mierda! Ja, ja. Tal y como había escuchado. ¡Ustedes los usuarios de plata están realmente locos! ¡¡¡Cuanto antes mueran, mejor, bastardos despreciablaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh!!!

—¿Qué es eso? ¿Una última voluntad? Aunque es muy gracioso.

Mientras sonreía fríamente, Liza atravesó el muslo del hombre de mediana edad que nos había estado gritando preso de la desesperación.

—¿O cómo lo digo? No hay razón para que las personas que comercializan la bala de plata no sepan para qué se usa, ¿verdad? Detener algo así antes de que llegue a manos de una gran organización es nuestra forma de bondad, ¿no lo crees? Creo que se le dice… ¿contribución a la sociedad? Es más razonable que insectos basura mueran primero a que mucha gente inocente lo haga. Y, sobre todo, puedo disfrutar haciéndolo. Así que ¿también morirías por mí, por favor?

—Detente, estúpida. Este tipo es Reinas Bardou, es el jefe de esta organización. Se supone que hiciste la verificación fotográfica.

—Bueno; después de todo, hablamos de mí. Termino olvidando las cosas que no me son interesantes. Hombre, hubiera sido más divertido si este tipo hubiera empleado a un usuario de plata.

—Esta maniática de la batalla… —estaba demasiado exasperado como para ponerme sarcástico—. No digas un mal presagio, ¿vale?

Tome de la barbilla a un hombre de pelo grisáceo que gruñía angustiado, y lo obligue hacer contacto visual con mis ojos. La intención asesina que no brindaba posibilidad de escapar destruyó su frágil espíritu e hizo sucumbir su determinación. Con una expresión de arrepentimiento, el hombre mira recíprocamente el rostro de sus dos subordinados. Los miserables subordinados dejaron caer los hombros cuando vieron a su propio jefe sucumbir ante el enemigo. El joven rubio seguía sollozando como un niño. Casi sentí algo cercano a la simpatía, y entonces sentí los ojos profundamente carmesíes de Liza sobre mí.

—… Entiendo.

Liza era consciente de mi debilidad. Mi miserableza de tener un apego a lo humano aun mientras soy un monstruo. Sin embargo, que no lo señale en voz alta es su tipo de consideración, supongo.

Apartando cualquier tipo de vacilación, empujé en el interior de la boca de Reinas el cañón de mi Barrack. El cañón de la pistola transmite la sensación de los dientes delanteros rompiéndose. Cuando empujaba con el cañón más a fondo, Reinas señaló en dirección a una gran estantería de libros que estaba sobre una de las paredes más al interior.

Saqué mi Barrack. La saliva, la sangre e incluso jugos gástricos se adhieren al cañón del arma en forma de hilillos. Finalmente, tras recuperar el aliento, el hombre indicó que en el tercer estante desde abajo, oculta por un grueso diccionario, se escondía una caja fuerte empotrada en la pared. El hombre, que tenía el corazón fracturado por el miedo, nos dijo el número de la caja fuerte sin que siquiera se lo hubiéramos preguntado amablemente. Quizá creyendo erróneamente que se ha ganado el perdón del atacante, Reinas recita la cifra de doce dígitos con una voz enérgica.

—Ja, ja. ¡U-ustedes seguro que se arrepentirán! ¡Definitivamente, los mata…!

—Oh, ¿en serio?

El irrazonablemente obstinado jefe que vociferaba escupiendo saliva quedó en silencio de repente. Cuando miré, tenía el cuchillo de combate de forma atroz clavado en su arrugada frente.

—Liza, ni siquiera sabemos si el número es real, así que ¿por qué rayos lo mataste?

—No había mentira en los latidos de su corazón.

—Oh, ya veo.

Liza introduce el número que obtuvimos, y el bloqueo electrónico de la caja fuerte se desbloquea. Sin embargo, solo había un sobre blanco en el interior. No había dinero en efectivo, ni siquiera una libreta bancaria, y mucho menos las balas de plata que buscábamos.

Cuando rasgué el sobre, impacientándome, fue una carta negra la que salió del interior. Junto con un símbolo de broma que parecía un brazo izquierdo creciendo de un ojo, estaba solo escrito «Welcome to the Drug Party» con una letra estilizada. Si lo pensara normalmente, significaría que alguien ya ha cogido las balas de plata y ha preparado esto para ridiculizarnos por hacer una matazón por algo inexistente.

—¿Qué significa? —Soy consciente de que no puedo ocultar mi malestar. Se supone que Liza es capaz de ver a través de la mentira—. Si ese tipo no estaba mintiendo, ¿significa que alguien las sacó a escondidas del jefe?

—No pienso que sea muy realista. Pero, al menos, Reinas no sabía nada.

—Entonces, ¿qué mierda significa?

En el momento en que expresé mi pregunta, la premonición de la muerte acarició mi mejilla.

Saqué un escudo antidisturbios antes de siquiera inferir la verdadera naturaleza de tal intención asesina. Un estruendo reverbera. Mi cuerpo queda rígido ante la situación repentina. Cielos, no hay duda. Definitivamente, es un tipo de intención asesina diferente a la de los tipos a los que nos enfrentamos hace poco. Es decir, la intención asesina que desprende un monstruo.

—Joder. ¡Jodidamente genial! ¡Justo lo que más quería, un giro en los acontecimientos!

La gran alegría de Liza atraviesa el espacio lleno de tensión y resuena en mis tímpanos. Ya todo está bien. Mi cuerpo también es capaz de moverse con normalidad.

Cuando miré en la dirección en la que se originó el rugido, vi que la estantería en la que Liza había estado buscando la caja fuerte anteriormente había sido aplastada, como si hubiera sido mordida por alguna bestia enorme. Dentro del polvo que se arremolina, se adhiere la verdadera naturaleza de la intención asesina. Sin duda, es del chico rubio que estaba sollozando hasta hace un rato al lado de Reinas.

Sin embargo, su apariencia es completamente diferente. La atmósfera que lo rodea también es diferente, pero la mayor diferencia es su brazo derecho, que es más grande, más del doble de lo normal. El color de su piel había cambiado a un rojo oscuro y tenía cinco garras afiladas similares a unas dagas. El joven se rio huecamente mientras abría y cerraba de manera frívola la palma de la mano, que era aproximadamente tan ancha como mi hombro cuando la expandía.

—Las lamentaciones de hace un momento, ¿eran una actuación? Me engañaste por completo, ¿sabes? ¿Qué tal si cortas ya con este trabajo de mierda y apuntas más bien al mundo de la actuación? Por supuesto, te animaré secretamente.

—Ja, ja, ja. No necesito ese tipo de adulaciones.

Lo dijo en un tono acorde a un agradable muchacho; sin embargo, la locura que existía substancialmente no se podía ocultar en absoluto. De todas maneras, un hombre normal no puede hacer una sonrisa que muestra tales rastros de un muñeco. No hay nada en su mirada hacia mí, solo me ve como su objetivo a destruir. Incluso si intento un intercambio de palabras como este, no se sentirá como una conversación en absoluto.

—G-genial, Erick. ¡Ahora ayúdame!

—Vale. Ven, agarra mi mano.

El usuario de plata llamado Erick ofreció la mano izquierda —la cual aún mantenía forma humana— hacia el único hombre sobreviviente. No podía moverme, cauteloso de la sonrisa hueca. Cuando me di cuenta, Liza ya se encontraba de pie a mi lado. Sus labios de color cereza se movían como si lo estuviera disfrutando.

—Oye, Ralph, ¿no es insana mi intuición? ¡Joder, no me puedo creer que en serio empleó a un usuario de plata! ¡Dios, es genial, la tensión está aumentando!

En términos de anormalidad, nuestra Liza no pierde. Por lo general, anda con la presión arterial baja y siempre está de mal humor, pero cuando se trata de pelear se vuelve tan activa como una adolescente. Pero, bueno, seguro que es tranquilizador saber que estamos del mismo lado.

—Ten cuidado. Por lo que se ve, un combate cuerpo a cuerpo con ese tipo sería riesgoso. Pelearemos manteniendo la distancia, ¿vale?

—Sabes que no soy muy buena disparando. Si quieres luchar de forma insidiosa, puedes hacerlo tú.

Ignorando mi advertencia, mi colega alista la espada. También me alisté apuntando con mi click gun a Erick, que estaba sosteniendo la mano de su colega. La atmósfera se expande. Nuestras miradas se cruzan. Liza salta mientras da un grito de batalla.

En el momento en que jalo del gatillo, una sombra negra se extiende en mi campo de visión.

Era el cuerpo del colega de Erick. Este lo había mandado volando en mi dirección. Las quinientas balas por minuto convirtieron al hombre en una colmena, pero no alcanzaron a Erick, el objetivo principal. Cuando el cadáver suspendido en el aire cayó al suelo, dos duelistas ya se habían desplazado hasta al centro de la habitación.

—Como era de esperarse de un usuario de plata, te importa una mierda la vida de tus colegas, ¡¿verdad?!

—Eran simples clientes. ¿Tal vez quieras retirarte?

—¡Jamás! —Liza sonreía mientras agitaba violentamente la espada a una velocidad que mis ojos no podían seguir—. Si es conmigo con quien luchas, ¡eso está fuera de discusión!

Haciendo uso de las tres dimensiones de la habitación, Erick patea las paredes y techo, escapando de la espadachina. Cuando intento dar fuego de cobertura, la amplitud del campo de visión también se convierte en una amenaza, ya que la línea de fuego se dirige rápidamente hacia Liza. Pero eso no cambia el hecho de que tenemos la ventaja en números. Mientras refrenaba al enemigo con los disparos, fui cerrando gradualmente la distancia.

Erick recibe con su mano derecha deformada la hoja blanca que Liza presiona contra él. Con una dureza como si estuviera hecha de acero o algo por el estilo, la estocada de Liza es repelida con facilidad.

Sin embargo, la esencia de la esgrima de Liza reside en sus ataques fluidos y continuos. Volvió a agarrar con ambas manos la espada que se había desviado hacia la derecha, y mientras se precipita hacia los pies de Erick la balancea hacia abajo. El oponente lo evade saltando hacia atrás, entonces Liza invierte la hoja con la palma de la mano, y lanza un tajo apuntando hacia su cuello. Los labios del hombre rubio se retuercen en una sonrisa. El brazo derecho, como si fuera un martillo de guerra, se convirtió en un tornado azabache y capturó la hoja desde un costado, aplastándola y dejando un chillido metálico.

El arma especializada de Liza fue destruida. Entonces, arroja la espada que ahora solo es una empuñadura con hoja atrofiada y saca un cuchillo de una funda enrollada en su muslo. Sacrificó la espada para descolocar la postura del enemigo y así acercársele directamente al pecho de manera exitosa.

El cuchillo que se proyecta apuñala sobre el lado izquierdo del pecho de Erick, cuya capacidad de reacción es incapaz de detenerlo. Instantáneamente, Liza patea sobre el pecho del hombre y retrocede con el impulso. Los fragmentos de la espada, que revoloteaban lentamente por el aire, ya habían caído para entonces.

Liza, que se alineaba a mi lado, por alguna razón mostraba una expresión de incomodidad.

—¿Qué rayos es ese tipo? El cuchillo no pudo alcanzar el corazón por culpa de sus absurdos músculos.

—… ¿En serio?

El monstruo mantuvo una sonrisa hueca en el rostro mientras extraía el cuchillo que Liza le clavó. Lejos de ser fatal, solo había un ligero sangrado desde la herida.

Además de eso, su brazo derecho se oscurecía más y se hacía más enorme. El robusto brazo, lo suficientemente grande como para aplastar un escritorio de oficina, es una amenaza en este estrecho sótano. Tal vez sea por la atmósfera aplastante que lo rodea, pero el volumen de todo su cuerpo también parecía estar aumentando.

Sofocando el miedo, le hice una pregunta a Erick.

—Pregunto, ¿dónde están las balas de plata ahora?

—Soy un mero mercenario. No se me ha comunicado nada, excepto que debo eliminar los obstáculos.

Incluso sin que Liza me lo confirme, parece poco probable que hubiese habido el espíritu cooperativo de anexar a Erick en todo el plan. 

—Si no sabe nada, no hay ninguna utilidad en este idiota. Lo mataré de inmediato.

—Qué buena broma, pero es inútil. Son ustedes los que serán aplastados.

El brazo rojo-negro de Erick se expande. La mano gigante agarró un sofá de cuero ubicado en el centro de la habitación.

—¡Evítalo!

Liza y yo nos separamos y rodamos por el suelo. El mueble, lanzado a tal velocidad que se podía escuchar el sonido del viento siendo cortado, destruyó escritorios y sillas a su paso, hasta que finalmente se detuvo cuando se estrelló contra la pared.

Cuando me di cuenta de que su objetivo era dividirnos, sus cinco garras ya estaban cubriendo mi campo de visión. Rápidamente desplegué el escudo antidisturbios, acorde a las órdenes de mi instinto de supervivencia. Solo después de recibir el sonido estruendoso de la aleación hundiéndose y del impacto que sacudió hasta la médula de mi cerebro, me di cuenta de que era una defensa sin sentido.

Conseguí invocar una ametralladora en mi aturdida conciencia, pero la figura de Erick ya había desaparecido de mi campo de visión. Un grito de Liza. Salté de cabeza al suelo en desesperación.

Un instante después, un martillo de masa detrás de mi cabeza. Sin embargo, la situación sigue sin mejorar. Cuando me apresuré a levantarme, el monstruo ya tenía levantando un brazo sobre mi cabeza.

—¡Cielos, este idiota, tengo que andar cubriéndote el culo!

Hay fuego de cobertura por parte de Liza desde mi espalda. El ataque de mi colega, que es devastadoramente mala para manejar armas de fuego, no lo golpea en absoluto, pero sí consigue inmovilizarle por un momento. Sintiéndome aliviado en mi interior, retrocedí.

Este tipo es fuerte. No solo tiene la ridícula fuerza muscular para hundir un escudo que es capaz de defenderse contra el estallido de una granada, sino que también tiene la calma mental para dar caza a sus oponentes.

Al mirarlo, su cuerpo alcanzó una altura que superaba los dos metros. No solo su brazo derecho, sino que también sus músculos desde el pecho hasta las piernas se habían expandido, y el traje negro que llevaba, incapaz de soportar la expansión, se desgarró en algunos lugares. Lo único que mantiene una forma humana es del cuello hacia arriba, y de ahí hasta el brazo izquierdo.

—Después de verlo, tengo más o menos una idea de sus habilidades. Probablemente, el cuerpo de este tipo se va acercando al de un monstruo con el pasar del tiempo y su masa también incrementa. Cuando llegamos a esta habitación, actuó como una persona débil, y de esa manera estaba comprando tiempo. Si se hace más grande que esto, estaremos jodidos en este estrecho interior, ¿comprendes?

—Ya veo, es decir que el próximo movimiento definirá todo, ¿verdad?

—Tal es la situación. ¿Algún plan?

—… Usaré eso. Ralph, fabrica una brecha, ¿vale?

—Entiendo. Debo decir que solo queda una espada en el stock. Cuídala bien.

Mientras entregaba la espada que se reveló en mi mano derecha, generé un arma del triunfo en la izquierda. La victoria o derrota se definirá en un instante. Si se deja perder el momento indicado, allí se terminará todo.

Liza rodea con el fin de cortar sobre el lado izquierdo, que aún no se ha transformado. Los muebles que quedaron atrapados en la línea de fuego de la subametralladora quedaron hechos añicos, mientras que Erick, que levantaba sobre la cabeza su enorme brazo, resultaba ileso. El hombre que retrocedía mientras bloqueaba mi ataque se detuvo bruscamente junto a la pared y apuntó a Liza, que se acercaba en un intento de perseguirlo.

—¡Venga! ¡Rómpete!

—Lo siento, pero esa es mi línea.

La mujer de cabello negro galopaba por el aire mientras sonreía sarcásticamente. Liza dio una voltereta hacia atrás y esquivó el choque de la supermasa. Al mismo tiempo que aterrizaba, lanzó el cuchillo que había sacado de su cintura. Erick no tiene de otra que defenderse con su brazo derecho.

La fuerza de Liza no se limita a la capacidad de rastrear al enemigo. Su agudeza visual dinámica y reflejos perfeccionados al límite muestran su verdadero valor en un intercambio momentáneo cuando se pelea cuerpo a cuerpo. En un instante, como si cortara a través de los segundos, predice el siguiente movimiento del enemigo a partir del más mínimo movimiento muscular, y reacciona con el movimiento más corto posible.

Sin embargo, no tengo margen para quedarme deleitado por la danza fluida de mi colega. Arrojé a los pies de Erick un objeto de forma cilíndrica que sostenía en mi mano izquierda.

Un resplandor. Lo siguió un estruendo que reverberó como si el mundo se estuviera rompiendo.

Cerré los ojos y me tapé los oídos con ambas manos, pero, incluso así, una luz y sonido asesinos atravesaron fácilmente mis párpados y perdí momentáneamente la capacidad de escuchar. Incluso yo, que me había preparado desde el principio, terminé así. Los sentidos de la vista y oído de Erick, que recibió directamente el ataque de la granada aturdidora, deberían estar incapacitados.

Una persona normal seguramente habría sido noqueada por la explosión de luz y sonido, pero la resistencia de un usuario de plata sería capaz de mitigarlo. Erick, que se tambaleaba mientras ponía presión sobre sus ojos, ciertamente era un monstruo, pero era solo uno de los tres en el interior de esta sala ahora.

En el mundo donde reverbera el tinnitus, la sombra de dos personas, una grande y una pequeña, se entrelazan.

Después de un instante, la del gigante Erick comienza a desmoronarse de rodillas. La sangre fresca brota de un profundo tajo que llega desde el hombro izquierdo hasta el corazón, tiñendo el perfil del rostro de Liza con una lluvia de sangre. Había sorpresa en el rostro de Erick al ver como fue dividido su duro cuerpo, que incluso era capaz de bloquear completamente la rápida descarga de fuego de una subametralladora. Estaba buscando respuestas a esa realidad imposible antes de sentir dolor o desesperación.

—¿C-cómo? ¿Con esa cuchilla…? ¿Este cuerpo…? No, espera, ¿eso era…?

Cuando finalmente el sentido de la escucha me fue restaurado, lo primero que captó fue un tono agudo que cortaba el espacio. Cuando busqué la fuente del tono agudo similar al grito de una mujer, la espada que sostenía Liza vibraba a gran velocidad. Una hoja que vibra a una velocidad capaz de tallar un cuerpo sin contacto directo puede cortar los objetos y la alta temperatura generada como efecto secundario funde todas las cosas. Una hoja que tiene mucha más potencia de lo habitual cortaría el acero como si fuera una delgada hoja de papel.

—Considéralo un honor. Fue porque usé mi carta del triunfo.

La usuaria de plata Liza puede controlar el sonido que la rodea. Puede captar sonidos sutiles a unos cuantos kilómetros de distancia, eliminar el sonido de las explosiones que la rodean, captar instantáneamente el espacio con ondas ultrasónicas y hacer vibrar objetos generando altas frecuencias, tal y como lo está haciendo ahora. Su alto nivel de aplicaciones es una amenaza en un combate entre usuarios de plata.

—Pero, bueno, en serio me hiciste pasar un gran momento.

La expresión del monstruo al borde de la muerte se cubrió de miedo ante Liza, quien sonreía despreocupadamente como si fuera una pequeña niña.

—¡M-mo-monstruo!

—¿Eh? ¿Qué fue eso? De alguna manera, me hace sentir jodidamente despierta.

Una oscuridad se manifestó en los ojos carmesíes de Liza. La hoja vibró a una velocidad tal que incluso sacudió las moléculas del metal, e, incapaz de soportarlo, la hoja eventualmente se quebró. Fragmentos de plata danzaron en el aire como si fueran confeti y adornaron el perfil gélido de Liza.

La expresión de Erick refleja una agonía sin límites. El lamentable monstruo, a pesar de haber recibido una herida fatal en el corazón, no ha alcanzado aún la muerte. La fuerza vital que desafiaba a la providencia natural del usuario de plata seguía atando el alma del hombre derrotado a la Tierra. El dios de la muerte se acercó a una velocidad lenta, burlándose del asesino, que incluso derramó lágrimas. La hoz aún no ha sido agitada. Incluso si el criminal se arrepiente de sus pecados en la eternidad comprimida, la salvación aún no llegará.

—¡Aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhh! ¡Detente! ¡¡¡No vengas, ahhhhhhhhhhhhhhh!!!

Entonces, empieza a gritar como si tuviera miedo de algo. Es una escena que he visto muchas veces. La muerte de un usuario de plata siempre concluye así. Entre los que he matado, nunca ha habido ni una excepción.

Cuando están cercanos a la muerte, no es al final a lo que temen. Definitivamente, no es algo tan simple como eso. Eso es lo único que puedo comprender. Puedo comprenderlo incluso si no tengo cómo sustentarlo.

Mientras Erick se sumía en los gritos, saqué mi Barrack, y le disparé a la frente una bala de 9 mm Parabellum. El cuerpo del hombre se detuvo por completo después de un momento de convulsiones. Mirando hacia abajo al cadáver que finalmente había abrazado la muerte, encendí un cigarrillo. Estoy seguro de que no es producto de mi imaginación que el humo es más amargo de lo habitual.

—Oye, Ralph, cuando un usuario de plata está muriendo, grita y llora escapando de algo, ¿cierto?

La alegría había desaparecido de la voz de Liza, que había estado disfrutando de la batalla hasta hace un momento.

—No sé qué decirte —dije, escupiendo el humo del tabaco—. Eso es algo que deseo ver cuando muera.

Estoy seguro de que Liza es consciente de que lo mejor que puedo hacer es blofear siendo sarcástico. Sin embargo, ella no dice nada. Es natural. Ya hace tiempo que nos entendemos mutuamente.

Con una locura que domestica la mente, lo devoramos todo. Por mucho que la pila de cadáveres que dejamos por detrás nos advierta, seguimos avanzando sin que nos concierna. Si el precio de ello es una muerte irremediable y miserable, entonces, el pecador no tiene más remedio que resignarse y aceptarla.

No fue por compasión que le di un tiro de gracia a Erick, solo quería ignorar, aunque sea un poco, la realidad de un futuro al que yo mismo me enfrentaré.

—… Bastardo.

No había nadie que recogiera las palabras que escupí. El significado se desvaneció, y una métrica musical rodó por el suelo manchado de sangre y explotó.

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  1. 無番地 o bangaichi (番外地): es como se denomina a áreas que no cuentan con una dirección en los registros publicos.
  2. 成れの果て: es una expresión que se usa para referirse al estado lamentable en que se queda después de «caer en desgracia», por decirlo de una forma.