El epílogo o, quizá, el broche de oro de esta historia.

Al día siguiente, cuando, como de costumbre, mis hermanas pequeñas, Karen y Tsukihi, me levantaron de la cama, mi cuerpo se sentía tremendamente pesado. Fue todo un suplicio el solo forzarme a sentarme y luego a pararme. Mis coyunturas dolían terrible, como cuando tienes fiebre alta. Ya que no hubo ninguna riña ni combate, a diferencia de mi situación o la de Hanekawa, no debiera haber ningún dolor muscular, pero, a pesar de todo, cada paso me dolía. También al bajar las escaleras, me preocupaba que pudiera rodar por ellas si no ponía atención. Mi mente estaba clara, y tampoco era época de resfriados, entonces, ¿qué estaba pasando?

Pensé un rato, hasta que una idea improbable cruzó por mi mente.

En mi camino hacia la cocina, tomé un desvío hacia el baño.

En él hay una báscula.

Me subí.

Peso cincuenta y cinco kilos, por cierto.

La báscula marcó cien.

—Oye, oye.

Entonces es verdad.

Los dioses no saben distinguir.