En nuestra clase, Hitagi Senjogahara ocupa la posición de la «chica enfermiza». No se espera que participe en educación física, por supuesto, e incluso se le permite pasar las reuniones de la mañana en las que participa toda la escuela, refugiada a la sombra, sola, como una medida preventiva contra la anemia, o algo así. Aunque hemos estado juntos en primero, segundo y, este, mi tercer y último año de preparatoria, no la he visto ni una sola vez involucrada en algún tipo de actividad vigorosa. Es cliente frecuente en la enfermería, llega tarde y se va temprano, o simplemente no se presenta a la escuela porque tiene que visitar su hospital de atención primaria, una y otra vez. Llegamos al punto en que se rumora a manera de broma que ella vive allí.

Aunque «enfermiza», de ninguna manera diríamos que tiene mal aspecto. Ella es agraciada, como si sus delgadas facciones pudieran romperse al tacto, y tiene este aire evanescente, lo cual debe ser la razón por la que los chicos se refieren a ella como la «princesa cautiva», mitad a manera de broma, mitad en serio. Lo podrías decir con toda seguridad. Esa oración y sus connotaciones describen a Senjogahara de manera adecuada, concuerdo.

Senjogahara siempre está sola leyendo un libro en un rincón del aula, a veces ese libro es uno imponente de pasta dura y otras es algún cómic que, a juzgar por su diseño de portada, podría dañar tu intelecto de manera permanente. Ella parece ser uno de esos lectores voraces. Tal vez no le importe mientras haya palabras escritas en él, o quizá tenga algún tipo de pauta clara.

Aparentemente es bastante inteligente, está entre los mejores de nuestro grado.

Cada vez que se publican resultados de los exámenes, el nombre de Hitagi Senjogahara es uno de los primeros diez en la lista. Sea cual sea la asignatura. Es un poco presuntuoso de mi parte el siquiera compararla con alguien como yo, siendo alguien que no puede pasar un examen que no sea de matemáticas, pero nuestros cerebros deben estar estructurados de maneras muy diferentes en sus bases.

Ella no parece tener amigos.

Ni siquiera uno solo.

Aún no he atestiguado un intercambio de palabras de ella con alguien más. La interpretación inteligente podría ser que su constante lectura es un comportamiento que pretende decirte que no le hables porque está ocupada, es como una manera de construir muros a su alrededor. De hecho, me he sentado en la misma sala que ella por poco más de dos años, y puedo declarar con certeza que nunca le he dirigido la palabra en ese tiempo. Puedo y lo hago. La voz de Senjogahara es un sinónimo, para mí, de ese atiplado «yo no sé» que ella usa como si fuese su lema cada vez que un profesor le pregunta algo en clase (sea o no una pregunta de la que ella claramente conoce la respuesta, siempre responde, «yo no sé»). Las escuelas son extraños lugares donde la gente sin amigos forma de manera habitual un tipo de comunidad (o una colonia) de personas con sus compañeros (yo mismo incluido, hasta el año pasado), pero Senjogahara parece ser la excepción a esta regla también. Por supuesto, tampoco es como si estuviese siendo orillada. No está siendo acosada o ignorada de manera intensiva o ligera, no hasta donde puedo decir. Como si fuese su hábitat natural, con una cara de buen humor, Senjogahara pasa el rato leyendo en una esquina del aula. Pasa el rato construyendo muros a su alrededor.

Como si fuese su naturaleza estar ahí.

Como si fuese natural no estar aquí.

No es que sea gran cosa. Estando en nuestro tercer año de preparatoria, con doscientos estudiantes en cada grado, acabas compartiendo un mismo espacio de vida con aproximadamente mil personas en total durante tu estadía, si incluyes las clases de nuevo ingreso, los que se gradúan y la facultad. Comienza a preguntarte cuántas de esas personas significan algo para ti, y la respuesta se va a tornar deprimente para casi cualquiera.

Incluso si tuve la extraña fortuna de compartir el mismo grupo con alguien tres años, y, aun así, no intercambiar ni una sola palabra con esa persona, no lo encuentro triste. Simplemente miraría hacia atrás algún día y pensaría: Oh, sí, supongo que así eran las cosas. No tengo idea de qué voy a estar haciendo un año en el futuro, después de graduarme de la preparatoria, pero ciertamente no estaré recordando el rostro de Senjogahara… Probablemente no sea capaz de hacerlo.

Y eso está bien. Senjogahara debe estar consciente de ello también. No solo ella, sino todos en mi escuela deben estar conformes con ello. En realidad, ponerse triste por el asunto era lo verdaderamente incorrecto. Eso es lo que yo pensaba.

Pero.

Uno de esos días.

Para ser exactos, el ocho de mayo, después de que el chiste infernal que fueron mis vacaciones de primavera llegara a su fin, me convertí en alumno de tercer grado, y mi horrible fantasía de la Golden Week terminó.

Yo estaba subiendo velozmente las escaleras, con un poco de retardo como es usual, y justo llegué a un descansillo, cuando una chica llegó cayendo del cielo.

Esa chica fue Hitagi Senjogahara.

De nuevo, para ser precisos, no estaba cayendo del cielo en realidad, simplemente cayó hacia atrás luego de haber dado un mal paso… y estoy seguro de que pude haberla evadido, pero en vez, por acto reflejo atrapé el cuerpo de Senjogahara.

Probablemente fue la opción correcta el no esquivarla.

No, puede ser que haya sido la incorrecta.

¿Por qué?

Porque el cuerpo de Senjogahara, el cual atrapé sin pensar, era increíblemente ligero. Desgraciada, bizarra y espeluznantemente ligero.

Como si ella no estuviera aquí.

Es verdad. Senjogahara pesaba tan poco que casi era nada en absoluto.